
La detención del Gran Maestro Juan Alberto Kessel Linares y del Gran Secretario Víctor Bravo Cabañas por parte de los órganos de la seguridad del Estado cubano marca un nuevo capítulo en la compleja relación entre el gobierno de Miguel Díaz-Canel y la tradición masónica en Cuba.
La Gran Logia de Cuba, una de las instituciones más históricas y respetadas de la Isla, se ha visto envuelta en una lucha interna exacerbada por la intervención directa de las autoridades cubanas, quienes buscan imponer su control sobre una organización que, durante más de un siglo, ha jugado un papel fundamental en la historia del país.
El 4 de julio, en un hecho que la prensa independiente calificó como una clara manifestación de represión política, los líderes masónicos fueron detenidos sin explicación clara en la estación de Picota, en La Habana. La mujer vestida de civil que les notificó la detención no proporcionó detalles sobre los motivos.
Esta ambigüedad solo aumenta las sospechas sobre la naturaleza política de la intervención, que no es la primera vez que ocurre en la historia reciente de Cuba, donde el aparato represivo se ha encargado de neutralizar cualquier forma de autonomía social y política que no esté directamente alineada con el régimen.
Por otro lado, no sorprende el silencio absoluto del designado presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ante los sucesos. En un contexto donde, desde su cuenta de X, no duda en manifestar su apoyo a causas internacionales —como su respaldo a organizaciones terroristas en Palestina o Irán—, la inacción del impopular mandatario ante la agitación en el templo masónico y la detención de las figuras clave de la masonería cubana es más que predecible.
En los últimos días, el esposo de Lis Cuesta Peraza, ha tenido tiempo para viajar a Brasil con el fin de participar en la cumbre de los BRICS, anunciar el X Pleno del Partido Comunista de Cuba, expresar sus condolencias a las familias de las víctimas de los accidentes de tráfico ocurridos en Matanzas y Ciego de Ávila, e incluso felicitar a Jennifer Geerlings-Simons, la primera mujer elegida presidenta de Surinam. Sin embargo, en torno a los hechos ocurridos en la Gran Logia de Cuba, y con lenguaje masónico, “reina el silencio…”.
Este silencio no es una casualidad, sino una muestra de complicidad y un claro signo de que, cuando se trata de fraternidades, el inepto de Díaz-Canel sigue aferrado a la política de la dictadura instaurada por Fidel y Raúl Castro: ser antimasón.
La masonería cubana tiene una historia profunda que se remonta a la creación del Gran Oriente de Cuba y las Antillas por Vicente Antonio de Castro en 1862. En el seno de las logias fue donde se gestaron las conspiraciones de la Guerra de los Diez Años y sirvieron en gran medida para la Guerra Chiquita y la de 1895.
Desde el primer gobierno en 1902, numerosos presidentes de la República fueron masones, y en los turbulentos años de 1930, muchos opositores al gobierno de Carlos Manuel de Céspedes y Quesada conspiraron en la sede principal de la Gran Logia de Cuba. Los hijos de Hiram Abiff —entiéndase los masones— llegaron a guardar algunas de las armas utilizadas por el futuro dictador Fidel Castro para asaltar el Cuartel Moncada en 1953 en la logia “Evolución” de Artemisa.
Sin embargo, con la llegada del régimen castrista, esta relación cambió radicalmente, y los masones, como muchas otras organizaciones, se vieron forzados a operar bajo una vigilancia constante y restricciones severas. Ser masón llegó a ser considerado indigno dentro del comunismo caribeño.
En 2010, el entonces Ex Gran Maestro Juan Manuel Collera Vento protagonizó uno de los escándalos más sonados de la Gran Logia al admitir que trabajó durante años para los órganos de la seguridad del Estado. Se argumentó que las autoridades cubanas influyeron en su elección como Gran Maestro en el año 2000 y que intervinieron para evitar su expulsión en 2005.
Años después, la institución pareció enfrentar una crisis con la renuncia de Francisco Javier Alfonso Vidal, quien dejó su cargo de Gran Maestro en 2023 con la intención de establecerse en México. Posteriormente, en 2024, se produjo la dimisión de Mario Alberto Urquía Carreño como Gran Maestro.
Es evidente que el accionar de la seguridad del Estado y el silencio de Díaz-Canel reflejan una actitud antimasona. Si bien la masonería siempre se ha caracterizado por su independencia y su capacidad de autogobernarse, el régimen cubano ha demostrado que no permitirá ninguna forma de disidencia que no se ajuste a su visión.
La detención de Kessel y Bravo Cabañas es solo un eslabón más en una cadena de intervenciones que buscan deslegitimar y desarticular cualquier estructura que no esté bajo el control absoluto del gobierno.
Este hecho, que también involucra una lucha interna dentro de la Gran Logia por la legalidad y autonomía de la organización, refleja un dilema histórico en Cuba: la lucha por la independencia frente a la opresión de un régimen que ha buscado, durante más de seis décadas, borrar cualquier vestigio de pluralidad en la sociedad.
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