
Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, ha protagonizado otra vez una de las escenas más surrealistas en la historia de su propia dinastía. El empresario, devenido creador de contenido en redes sociales, salió a las calles de La Habana, cámara en mano, a repartir comida a decenas de personas en situación de vulnerabilidad.
En un video publicado en Instagram, el joven de 33 años aparece entregando alimentos cocinados a ancianos y niños en la Habana Vieja. Su mensaje es emotivo: asegura que no hay mayor felicidad en su corazón que ayudar a su país y pide a sus seguidores que se sumen a la causa.
Las imágenes muestran a Sandro Castro en el Parque Central acompañado de una carretilla de donde saca porciones de arroz con verduras para repartirlos a transeúntes necesitados. Lo hace sin guantes y sin utensilios apropiados (usa un cucharón sin mango), pero con la cámara, eso sí, siempre encendida.
El gesto ha recibido aplausos de una parte de sus seguidores, pero también una avalancha de críticas que apuntan a una pregunta incómoda: ¿puede el heredero del régimen que empobreció a Cuba presentarse como su salvador?
La magnitud de una crisis que no se resuelve con cajitas
Las cifras hablan por sí solas. Según el Observatorio Cubano de Derechos Humanos, el 89% de la población cubana vive en pobreza extrema, lo que equivale a unos 8.6 millones de personas. Siete de cada diez cubanos se saltan al menos una comida al día por falta de dinero o escasez de alimentos.
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El salario promedio apenas alcanza los 15 dólares mensuales en el mercado informal, y más de la mitad de los jubilados sobrevive con pensiones que no cubren ni de lejos la canasta básica.
Frente a esta realidad, unas decenas de bandejas de poliestireno con arroz repartidas para las cámaras de Instagram no solo resultan insuficientes: parecen una provocación involuntaria.
El contraste que indigna: lujo personal y miseria colectiva
La contradicción se vuelve más evidente al mirar el estilo de vida de Sandro Castro. Es propietario del bar EFE en el Vedado, uno de los locales más exclusivos de La Habana, donde el consumo mínimo por mesa supera dos salarios promedio cubanos. Durante su entrevista con CNN, grabada en pleno apagón, mantenía su apartamento iluminado con un generador portátil mientras bebía cervezas frías y usaba gafas de diseñador.
No es casual que uno de los comentarios más repetidos en redes resuma el sentir popular con una frase directa: esa hambre la provocó tu familia. Y otro vaya más al fondo del problema: Cuba no necesita limosna, necesita libertad. El 78% de los cubanos quiere emigrar, un dato que revela que la mayoría ya no cree en soluciones cosméticas.
Caridad o lavado de imagen dinástico
El debate de fondo no es si Sandro Castro tiene buenas intenciones o no. Lo verdaderamente relevante es que el sistema instaurado por su abuelo Fidel Castro hace más de seis décadas es la causa directa de que millones de cubanos dependan hoy de la caridad para comer. Repartir comida sin cuestionar el origen estructural del hambre no es solidaridad: es relaciones públicas con sabor a cinismo.
Sandro, como bien han señalado sus críticos, puede decir y hacer lo que quiera públicamente, mientras que cualquier ciudadano común iría preso por la mitad de eso. Ese doble rasero resume mejor que cualquier cajita la realidad de la Cuba actual.

