
En la madrugada entre jueves y viernes, el programador cubano Javier Bobadilla fue asaltado en las calles de La Habana. A través de un testimonio publicado en Facebook, narró los detalles sobre el violento robo de su celular y también el trato que recibió por parte de la Policía Nacional Revolucionaria, una institución que, según él, se encuentra en un colapso funcional y moral.
Todo comenzó tras dejar su motocicleta en el parqueo, caminó unos 20 metros y en ese instante fue sorprendido por unos ladrones que le dieron de golpes para luego huir con dicho dispositivo de la marca iPhone.
“Fueron segundos. Si un asalto llega a medio minuto, es que algo salió irremediablemente mal, y este, aunque me duela decirlo, salió bien. A alguna gente los han pinchado primero para llevarse el teléfono con calma”, agregó.
Antes de hablar sobre la PNR, Bobadilla explicó que el robo de un celular de dicha marca resulta una pérdida de tiempo, al no existir en la Isla métodos para poder desbloquearlo y acceder a su funcionamiento en general.
“El que crea que en Cuba tienen la tecnología para desbloquear un iPhone está viendo muchas películas de hackers. Los que saben más del tema les recordaré que la licencia de Pegasus la tiene que aprobar el Ministro de Defensa de Israel, cosa que veo más dudosa que el que lo programen en la UCI”, añadió.
Al acudir a la estación policial de Zanja a interponer una denuncia por el hurto, Bobadilla se encontró con una avalancha de denuncias similares, desde robos de teléfonos hasta motocicletas.
En su relato, describió las penosas condiciones en que opera la PNR: “No hay gasolina para las patrullas. Los vehículos están destartalados; la puerta de la patrulla hay que tirarla para cerrarla. Los oficiales se quejan del sueldo y las condiciones de vida en los albergues policiales”.
La falta de recursos y la ineficiencia del sistema también se reflejan en las bajas constantes en las filas de la policía. “En masa están pidiendo la baja para buscar empleos mejores remunerados,” afirmó. Además, denunció la indiferencia hacia los delitos con violencia, cuyas sanciones son insignificantes, según le explicaron los propios oficiales.
Su experiencia en la estación también reveló la falta de comprensión y profesionalismo de algunos oficiales. Una de ellas desestimó su trabajo como programador, mientras se quejaba del salario de 8.000 pesos y el alto precio de un cartón de huevos.
La situación tomó un giro inesperado cuando el jefe de la estación, un coronel, solicitó reunirse con él. “El coronel quería verme la cara. Cuando me vio, no era la que esperaba,” dijo, además de describir la conversación como tensa y en tono de cautela. Aunque el coronel preguntó sobre el GPS y la seguridad del iPhone, el programador intuyó que el interés iba más allá del simple robo.
“Después de la conversación, el coronel me da las gracias y me dice que me mantendrá al tanto. Observo el lenguaje corporal, muy diferente de hace un momento en el salón. Nunca me salgo de personaje, pero siento que es por gusto. Sonrío, y también le doy las gracias. Esta aventura no ha terminado, algo me dice. Si ven un iPhone SE rojo, bloqueado con cuenta de iCloud, puede que sea el mío”, concluyó Bobadilla.

