
En las embarcaciones ancladas en la bahía de Miami Beach, un cubano forma parte de un grupo de personas que han optado por vivir una vida fuera del sistema tradicional y sin tener que pagar rentas, en una ciudad donde los alquileres de apartamentos oscilan entre los 4.000 y 6.000 dólares.
El antillano, identificado como Marcos, vive en uno de los viejos barcos convertidos en hogares flotantes en la bahía, como respuesta a la crisis inmobiliaria, los altos precios y un sistema económico que consideran excluyente.
Para él, esta alternativa a los alquileres exorbitantes es una solución que ofrece libertad y una conexión única con el mar. “No puedo pagar un alquiler, y tampoco quiero hacerlo. Me gusta el mar”, comenta Marcos al ser entrevistado por el youtuber Diego Revueltas.
Como él, otros residentes han transformado pontones y pequeñas embarcaciones en casas flotantes, aprovechando lo que consideran una oportunidad para escapar del control del sistema tradicional.
Miguel, un madrileño que lleva más de una década viviendo en su velero, describe la vida flotante como “la forma más cara de vivir gratis”. Según explica, entre mantenimiento, agua, electricidad y reparaciones, los gastos mensuales ascienden fácilmente a 800 USD.
Los residentes se enfrentan a diversos desafíos, como el acceso limitado a agua potable, la electricidad restringida a sistemas de 12 voltios, y el mantenimiento constante de sus embarcaciones.
Además, la inseguridad de no contar con un lugar fijo para amarrar sus dinguis (pequeñas embarcaciones auxiliares) es una preocupación constante. A esto se suma la amenaza permanente de arrestos o multas por no cumplir con las regulaciones impuestas.
Otro inconveniente importante es la presencia de barcos abandonados en la bahía, lo que dificulta la convivencia y afecta negativamente la imagen de la comunidad flotante.
Lo que comenzó como una necesidad económica se ha convertido en una filosofía de vida. Para Miguel, “salirse del sistema es perder el miedo. Cuando ya no tienes nada que perder, eres libre”.
Además, este estilo de vida enfrenta diversos problemas como el impacto de huracanes, robos y la falta de acceso a servicios básicos. Esta situación los obliga a mantenerse unidos, en medio de los típicos problemas de vecinos. “Nos odiamos y nos queremos, como una familia”, comentó un residente.
Sin embargo, el sueño de libertad flotante está en peligro. Las autoridades locales de Miami Beach han comenzado a aplicar nuevas regulaciones que exigen el pago de tarifas diarias para dormir fondeado.
De no cumplir con estas normativas, muchos residentes se convierten en “criminales” por el simple hecho de vivir en su propio barco. “Están tratando de sacarnos con multas, amenazas de arresto y restricciones sin ofrecer una alternativa. Quieren que volvamos a alquilar, a pagar impuestos, a estar bajo control”, denuncia Néstor, un venezolano que lleva 17 años viviendo en el mar.
Esta comunidad flotante, que en su apogeo llegó a contar con más de 100 residentes, ahora enfrenta la amenaza de desaparecer, pues muchos han abandonado la bahía ante la presión de las nuevas regulaciones.
“Nos quieren fuera porque nuestra existencia es una comparativa incómoda. Vivimos con poco, pero vivimos bien. Sin estrés, sin hipotecas, sin jefes”, explica uno de ellos.

