
En respuesta al artículo Nuestra cultura de resistencia de Yusuam Palacios Ortega, publicado en Granma, no puedo evitar cuestionar el continuo llamado a la resistencia que el Estado cubano dirige a su pueblo. Un llamado que, bajo el barniz de la épica y el heroísmo, parece ser una invitación a la resignación ante los males generados, precisamente, por el sistema que hoy gobierna.
Palacios Ortega invoca una “cultura de resistencia” que, según él, define el espíritu cubano. Se presenta esta resistencia como un acto de dignidad, una lucha enérgica contra un enemigo externo: el “imperialismo estadounidense”, la excusa recurrente para justificar todas las carencias y limitaciones que sufre el pueblo cubano.
Sin embargo, ¿cuántas de esas dificultades nacen realmente de un bloqueo externo, y cuántas son resultado de una economía ineficiente y de un sistema político que sofoca la iniciativa privada y la voz ciudadana?
Es fácil invocar a Martí y a los héroes de las gestas de independencia cuando se habla de patriotismo. Pero Martí soñó una Cuba donde el pueblo fuese libre, no un país donde cada generación cargue una cruz de privaciones y donde la juventud no vea otra opción que emigrar para tener una vida digna. ¿Qué clase de resistencia es esta, que obliga a los cubanos a buscar sus sueños fuera de su patria, dejando atrás sus raíces y familias?

Palacios Ortega menciona la resistencia como “un acto de heroicidad”. Sin embargo, ser héroe no significa ser mártir, ni mucho menos resignarse a un destino de precariedad. La verdadera heroicidad sería la de un gobierno que priorice el bienestar de su gente, un gobierno que escuche las demandas de su pueblo en lugar de acallarlas, que permita la creación de oportunidades para que cada cubano prospere sin necesidad de esperar ayuda de otro país o del Estado mismo.
El autor sugiere que resistir es no caer en la “tentación” de la materialidad y abrazar la espiritualidad y la cultura. Pero, ¿puede alguien disfrutar de la cultura o la espiritualidad con hambre? ¿Puede un padre hablar de poesía y heroísmo con sus hijos cuando no sabe si mañana habrá suficiente comida? La retórica de la resistencia se torna vacía cuando se enfrenta a la realidad cotidiana de un pueblo que lucha no contra un enemigo externo, sino contra las dificultades creadas por su propio sistema.
Es crucial recalcar que resistir no debería significar aceptar pasivamente las circunstancias impuestas por un gobierno que, a pesar de sus fallos, insiste en que cualquier crítica es una traición. El “imperialismo” y el “enemigo” no son responsables de las decisiones internas que han asfixiado el desarrollo económico y social del país. Si resistir es aceptar esta situación sin cuestionamientos, entonces, ¿dónde queda la posibilidad de cambio? ¿Dónde queda el derecho del pueblo cubano a aspirar a una vida mejor?

Palacios Ortega finaliza con un llamado a “vivir la Revolución, no a vivir de ella”. Pero, ¿qué significa esta frase para quienes no tienen el privilegio de un discurso? Mientras el pueblo sufre, ciertos sectores viven cómodamente gracias a la misma Revolución que exalta la austeridad para unos y provee comodidad para otros.
La verdadera resistencia de los cubanos ha sido, y seguirá siendo, la lucha diaria por sobrevivir, por mantener a sus familias y por no perder la esperanza. Si esa esperanza solo puede materializarse fuera de Cuba, el Estado debería preguntarse si su versión de la “resistencia” está beneficiando o perjudicando al país.
Resistencia no debería significar resignación, ni servir como excusa para perpetuar un sistema que ha demostrado, durante décadas, su incapacidad para generar prosperidad. La verdadera resistencia sería la de un pueblo que exige su derecho a una vida digna, que lucha por el cambio y que no se conforma con discursos sobre épica y heroicidad.

