
Por estas fechas vuelve a generar polémica el comercial que hace unos meses protagonizara la actriz cubana Belissa Cruz sobre el uso de plantas eléctricas en Cuba.
El video, concebido como una promoción comercial, fue ampliamente cuestionado en redes sociales por insinuar que antes de protestar se podía tener una “solución” individual a los apagones, la compra de una planta eléctrica, en un país donde los cortes de electricidad son sistemáticos y donde la mayoría de la población no tiene acceso económico a este tipo de equipos.
Más allá de la intención declarada por la actriz, que confesó en un programa que la idea original del guion fue de ella, el contenido tocó una fibra sensible en una sociedad marcada por la desigualdad, la escasez y la imposibilidad de canalizar el descontento por vías institucionales.
En Cuba, no existe el derecho real a reclamar servicios básicos, y protestar por apagones, alimentos o condiciones de vida puede derivar en multas, acoso policial o prisión, como ha quedado documentado en numerosos casos recientes.
En ese contexto, cualquier mensaje público que sugiera alternativas individuales al colapso estructural, aunque no sea esa la intención explícita, corre el riesgo de ser interpretado como una banalización del sufrimiento colectivo.
El debate también abre una reflexión necesaria sobre el rol social de los artistas y figuras públicas. Ser actriz o actor no implica únicamente interpretar personajes, sino comprender los entornos donde esos mensajes circulan. En un país sin libertad de expresión ni de prensa, donde el Estado controla el discurso y castiga la crítica, el contexto no es un elemento accesorio, sino central.
Para millones de cubanos, el apagón no es una escena recreable ni un recurso narrativo: es una experiencia diaria que condiciona la alimentación, la salud, el descanso y la seguridad. En ese escenario, la promoción de soluciones privadas, inaccesibles para la mayoría, puede percibirse como un gesto ajeno a la realidad popular, incluso cuando provenga de alguien que asegura no actuar desde el privilegio.
La reacción social, aunque en muchos casos desbordada y violenta en redes, también es reflejo de un país sin espacios legítimos para el desahogo ciudadano. Cuando no se puede reclamar al responsable real de la crisis, la frustración termina canalizándose contra figuras visibles.
La actriz culpó a los medios independientes de oportunistas, confesó que su intención en el video no era lo que la mayoría del público interpretó, que ella es “tronco de ser humano”. Incluso confesó que recibió amenazas fuertes que le dieron miedo de salir a la calle por seguridad de su hijo.
Lo cierto es que el caso evidencia una verdad incómoda: en Cuba, nada es neutral, y mucho menos cuando se habla de apagones, dólares y supervivencia cotidiana. Ignorar ese contexto no solo es un error comunicativo, sino una falla ética que el debate público no deja pasar.

