
El canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, ha realizado recientemente una declaración en la que denuncia el incremento de la carrera armamentista global y advierte sobre las conspiraciones militares de potencias extranjeras, especialmente apuntando a Estados Unidos.
Las afirmaciones, formuladas con la retórica antiimperialista habitual del régimen, no resisten el menor análisis histórico. Cuba, bajo la dirección del castrismo, ha sido protagonista de algunas de las operaciones de injerencia y militarización más significativas en la historia reciente de América Latina y África. La doble moral de la diplomacia cubana queda al descubierto cuando se contrasta su discurso con su historial de intervenciones militares, apoyo a guerrillas y alianzas con potencias autoritarias.

En 1962, el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear cuando Cuba permitió la instalación de misiles soviéticos en su territorio. Lejos de ser un actor pasivo o una mera víctima del conflicto entre EEUU y la URSS, Fidel Castro presionó a Nikita Jruschov para que considerara un ataque nuclear preventivo contra Estados Unidos en caso de invasión.
Este episodio desmiente cualquier pretensión del régimen cubano de abanderar la causa del desarme o la paz global. Si hoy Bruno Rodríguez denuncia la militarización del mundo, debería reconocer que su propio país ha sido protagonista en la escalada armamentista en el pasado.
Tráfico ilegal de armamento de EEUU hacia América Latina y el Caribe aumentó en un 120% entre 2016 y 2023, incentivando delincuencia organizada y la inseguridad regional.
Cabría preguntar al Secretario de Estado estadounidense quién es el verdadero enemigo de la humanidad. pic.twitter.com/3iYxy1wvcT
— Bruno Rodríguez P (@BrunoRguezP) February 26, 2025
Cuba no únicamente ha sido un actor beligerante dentro de su propio territorio, sino que ha desempeñado un papel clave en la desestabilización de varios países. En la década de 1960, el régimen castrista apoyó insurrecciones armadas en América Latina. En Bolivia, el Che Guevara, enviado por Castro, organizó un foco guerrillero que terminó en un fracaso estrepitoso. En Argentina, Uruguay y Chile, el gobierno cubano respaldó la formación de movimientos subversivos, entrenando a guerrilleros en la isla.
En África, Cuba llevó su intervencionismo a un nivel sin precedentes con la Operación Carlota en Angola, donde llegó a desplegar 50.000 soldados. También participó en la guerra en Etiopía y en conflictos en otras naciones como el Congo y Argelia. Es paradójico que un país que hoy condena el expansionismo militarista haya sido durante décadas una herramienta de la Unión Soviética para sostener regímenes aliados con tropas y armamento.

El régimen cubano ha brindado refugio a terroristas y ha traficado armas con países sancionados por la comunidad internacional. En 2013, un buque norcoreano fue interceptado en Panamá transportando armas cubanas escondidas bajo sacos de azúcar, en violación de las sanciones de la ONU.
A lo largo de su historia, Cuba también ha entrenado a miembros de grupos armados como las FARC en Colombia y la ETA en España, contradiciendo su discurso oficial de respeto a la soberanía y la estabilidad internacional.
El gobierno cubano ha utilizado la propaganda como su principal herramienta para encubrir estas contradicciones.
Mientras el régimen denuncia el “imperialismo” de EEUU, omite a conveniencia su propio historial de intervenciones en otros países. La narrativa oficial, transmitida a través de los medios controlados por el Estado, distorsiona la historia para moldear el pensamiento de las nuevas generaciones.
Los cubanos son educados en la idea de que su país es una víctima del intervencionismo extranjero, sin conocer la responsabilidad directa de su gobierno en numerosos conflictos armados en el exterior.
Es fundamental que los cubanos, dentro y fuera de la Isla, así como la comunidad internacional, revisen el pasado para entender las contradicciones del presente. El castrismo no es la víctima. Su discurso antiarmamentista y de condena al intervencionismo extranjero no es más que una estrategia propagandística que no resiste el menor escrutinio histórico.

