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PERIÓDICO CUBANO

Crónica de un abuso anunciado: Fernando Bécquer y la violencia normalizada en Cuba

Farándula

Crónica de un abuso anunciado: Fernando Bécquer y la violencia normalizada en Cuba

El cantautor ha agredido sexualmente a jóvenes por al menos 20 años, impune, sin esconderlo ni esconderse

Fernando Becker-fb

Esta sería la primera vez que se señala abierta y directamente a Bécquer como agresor sexual, a pesar de que todo apunta a que ha seguido esta táctica por años. (Fernando Becker- Facebook)

Los testimonios de mujeres abusadas sexualmente por el cantautor cubano Fernando Bécquer han puesto sobre la mesa el tema de la violencia contra la mujer en la Isla, y en especial la violencia sexual.

Pero más allá de la violencia en sí, pone de manifiesto la normalización de los abusos y la manipulación para cometerlos, y cómo el país se encuentra inmerso en una cultura de la violación que no se combate desde ninguna institución gubernamental.

Los testimonios coinciden todos en el modus operandi del agresor: Un hombre mayor, conocido, que no necesita esconderse y ha ganado simpatía por su carrera musical y su accesibilidad, busca jóvenes vulnerables a las que engaña y coacciona para utilizarlas como objetos sexuales.

Todo lo anterior bajo la mirada cómplice de “todo el mundo”. Porque, aunque algunas de las denunciantes afirman que se trata del círculo cercano a Bécquer, lo cierto es que su violencia es un “secreto a voces”, del que todos saben, todos consienten y nadie advierte a potenciales víctimas si no los involucran directamente.

“C*ño, parece mentira que hayas caído en eso, todo el mundo sabe que Fernando Bécquer hace eso”, es una frase común en los testimonios de las víctimas, que fueron publicados por la revista independiente El Estornudo.

Esta sería la primera vez que se señala abierta y directamente a Bécquer como agresor sexual, a pesar de que todo apunta a que ha seguido esta táctica por años.

Que un hombre pueda hacerse a sí mismo una fama de violador/abusador, que sea reconocido por esta “característica”, pero que no se le juzgue por ella más allá de un “ay sí, ya sabes cómo es”, resulta perturbador para cualquier sociedad civilizada y medianamente consciente en cuestiones de violencia de género.

El problema con Cuba, que también la mayoría de las víctimas reconoce, es que en el territorio nacional no existe este tema, esta visualización de la violencia, este reconocimiento de la misma que permitiría distinguir al cantante no solo como “pesado”, sino como un abusador.

Cultura de la violación en Cuba

La llamada “cultura de la violación” es aquella en la que se normalizan los abusos, y en el peor de los casos, se culpa a las víctimas por los mismos.

Aunque está presente en toda Latinoamérica, las víctimas refieren que al salir de su país y hablar con otras personas fue que notaron la magnitud de lo que habían atravesado, lo que implica que la situación es aún más grave en Cuba, donde no existe educación al respecto.

Mencionar la vestimenta, los hábitos o el estado de la víctima al momento de la agresión es echar sobre ella, y no sobre el violador, la responsabilidad de haber sido agredida, y es parte de la cultura de la violación.

Omitir que la víctima ha sufrido abuso por la incapacidad de reconocer lo que ocurrió como tal, es una manifestación aún más grave, pues exhibe la vulnerabilidad en la que se encuentran las mujeres y niñas en una sociedad que no solo no sabe cómo defenderlas, sino que ni siquiera sabe que tiene que hacerlo.

Entre las críticas a las mujeres que se han atrevido a hablar de sus abusos está la cantidad de años que dejaron pasar para denunciar -el testimonio más antiguo es del 2002-, no obstante, no cuestionan que esto significa que por al menos 20 años un hombre ha abusado impunemente de decenas o cientos de mujeres, y que además “todos lo saben”.

Habría que explicar que los tiempos para denunciar agresiones, de cualquier tipo, muchas veces son así, pues las víctimas tardan meses o años en sentirse apoyadas, emocionalmente fuertes y estables para llevar un proceso así, y -en este caso- porque además tardaron en identificar sus experiencias como “abuso”.

Normalización de la violencia

Cuando mencionamos la normalización de la violencia, tal como el nombre lo indica, se refiere a ver como algo “normal” actitudes o acciones que en realidad no lo son.

En el caso de Bécquer, todas las víctimas cuentan lo mismo: haber sido abusadas y al hablar con alguien sobre lo ocurrido tener por respuesta un “ah sí, él hace eso”.

La presencia de la madre en una de las residencias en las que se cometen abusos, sin cuestionar que su hijo lleve mujeres de la mitad o un tercio de su edad y se encierre con ellas en el cuarto; el conocimiento de amigos y conocidos de que lleva “muchachitas” a su departamento para “toquetearlas”; y el reclamo a las víctimas por no saber que “todos saben” que “hace eso”, muestran cuán “normal” ve la sociedad habanera que un hombre mayor se aproveche de jóvenes casi adolescentes.

Uno de los testimonios menciona incluso que un “amigo” suyo le pidió a Bécquer no usarla a ella (“con ella no, ella es buena”), lo que demuestra que en cierto nivel entienden que lo que hace está mal, pero esto no ha sido suficiente para ponerle un alto, para exponerlo como agresor, ni para advertir a las jóvenes que, sin saber, siguen acercándose a él y entregándole su confianza.

Bécquer no solo se construyó una imagen a partir de su música, sino que recurrió a creencias y religión para manipular personas jóvenes y vulnerables, a las que se acercó con alevosía por conocer que experimentaban en ese momento diversos problemas personales.

A su vez, estas personas que creían tener un círculo de amistades seguro, que creían conocer a la persona y que esperaban, en algunos casos, su ayuda sincera, se vieron atrapadas y en estado de shock, en una situación de la que nadie les advirtió y a la que no supieron cómo responder.

De acuerdo con los testimonios, Bécquer tiene como ventajas la confianza de las víctimas en él, su edad -al ser mayor y hombre, puede representar inconscientemente una figura de autoridad sobre las víctimas-, su reputación, y su supuesta espiritualidad.

A esto se suma la complicidad de su círculo cercano, con el que abusó de muchas mujeres más a través de “castings” en los que se les hizo desnudarse y exhibirse frente a él y algunos de sus amigos, también músicos.

El caso de Fernando Bécquer es la punta del iceberg de un problema terrible en Cuba de falta de educación sexual -que implicaría aprender a reconocer y distinguir abusos sexuales- y de la vulnerabilidad social de las mujeres.

La forma en que él y sus conocidos operan, y cómo las personas lo saben y buscan protegerse solo a sí mismos y sus conocidos cercanos, sin dar mayor importancia a lo que ocurre, muestra el nivel de ignorancia e impunidad que impera en Cuba; devela la posibilidad de que haya cientos o miles más de “Fernandos” Bécquer aprovechándose de niñas y jóvenes, y muestra la enorme necesidad de visibilizar la violencia para al fin ponerles un alto.

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