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Cuando este infierno termine

Cuando este infierno termine —porque terminará, como caen todos—, habremos aprendido la lección más amarga que pueblo alguno haya sufrido en América Latina. Más de seis décadas de oscuridad, agobios, miseria, mentiras, un adoctrinamiento feroz y una maquinaria de control político y emocional que cercenó hasta la capacidad de imaginar otro futuro. La tragedia fue […]
Dictadura cubana
En seis décadas de régimen, Cuba ha mantenido dos versiones de sí misma: la imagen idealizada que exporta al exterior y la cruda realidad que padecen sus ciudadanos a diario. (Foto © Periódico Cubano)

Cuando este infierno termine —porque terminará, como caen todos—, habremos aprendido la lección más amarga que pueblo alguno haya sufrido en América Latina. Más de seis décadas de oscuridad, agobios, miseria, mentiras, un adoctrinamiento feroz y una maquinaria de control político y emocional que cercenó hasta la capacidad de imaginar otro futuro.

La tragedia fue absoluta. Trazó su huella cruel en todas las fibras de la nación: en la economía, en la cultura, en la familia, en la fe, en los sueños. Nos hizo perder el norte, apartar lo que realmente vale: la libertad, la dignidad, la verdad, la diversidad de pensamiento. Cuba, una isla que brilló con luz propia en el siglo XX, se convirtió en un museo del fracaso, en un retrato estático del delirio ideológico.

El pueblo y el error trágico

Cuba en ruinas
Alguna vez fuimos la vanguardia en América Latina; hoy, estamos sumidos en la miseria. (Foto © Periódico Cubano)

Discutimos de política en voz baja, formamos bandos que no eran más que distintas caras del miedo, nos hicimos látigos unos a otros. El miedo se disfrazó de compromiso. Dejamos de pensar y de amar; la ideología enferma nos enfermó. Nos hizo cómplices, primero silenciosos, luego obedientes. Nos pusimos vendas para no ver, para encubrir, y lo peor: para apoyar.

Fuimos llevados —y nos dejamos llevar— al extremo del fanatismo. Perdimos el sentido común. Aplaudimos a rabiar mientras nuestros hijos eran enviados a guerras ajenas en Etiopía, Angola, Argelia o Nicaragua, defendiendo causas que ni comprendían ni eran suyas.

¡La sangre de nuestros jóvenes fue exportada como mercancía ideológica! Y aquí, en casa, el mérito era agredir al diferente, al que pensaba libre. Se recompensaba al chivato, al comisario, al censor. Se premiaba el odio.

El verdugo y su maquinaria

¿Y todo para qué? Para que los canallas, los jerarcas, los nuevos ricos de la Revolución —esos apellidos intocables— rieran desde sus mansiones, sus cotos de caza y sus privilegios. Para que los jefes de sector se sintieran dioses en sus barrios. Para que la mentira institucionalizada tuviera altares en cada escuela, en cada noticiero, en cada esquina de la patria.

Fidel Castro fue el gran arquitecto de esta tragedia. No fue un líder, fue un encantador de serpientes. Un megalómano sin freno que creyó ser superior a su pueblo, y lo trató como rebaño.

Fidel Castro dictador cubano
Los mitómanos suelen tener habilidades extraordinarias para el engaño, Fidel Castro no fue la excepción. (Captura de pantalla © Roderic Day – YouTube)

Manipuló a generaciones enteras con la retórica del enemigo eterno, el embargo, la amenaza imperialista, mientras vivía rodeado de lujos: coñac francés a 800 dólares la botella, trajes italianos, residencias privadas, islas exclusivas, una colección de amantes y guardaespaldas, y hasta un médico personal soviético.

Mientras el pueblo hacía colas por un pedazo de pan, él daba conferencias de ocho horas desde su trono, sin rubor. Prometió igualdad, y sembró privilegios. Prometió justicia, y montó tribunales de odio. Prometió libertad, y construyó cárceles del alma.

El gran fraude del siglo XX

La Revolución cubana no fue otra cosa que el fraude más monumental del siglo XX. Nació como promesa y se consolidó como estafa. Se presentó al mundo como redención de los humildes, y terminó como club cerrado de una élite militarizada y corrupta.

Hoy sabemos que todo estaba diseñado desde el inicio para consolidar el poder absoluto. Los juicios sumarios de 1959, la eliminación de los opositores, la creación del Comité de Defensa de la Revolución, la cancelación de las libertades individuales, la estatización forzada, la abolición del pluralismo… nada fue un error: fue el plan.

Cuba dejó de ser república para convertirse en cuartel. El Parlamento fue sustituido por el monólogo, y la ley por el capricho. El país que una vez exportó azúcar, tabaco, cultura y pensamiento, comenzó a exportar médicos, soldados y represión.

¿Y qué aprendimos?

Aprendimos que ningún hombre debe ser elevado a la categoría de mito. Que los pueblos que dejan de pensar, terminan obedeciendo al tirano. Que las revoluciones sin límites éticos se convierten en dictaduras. Que los dogmas son jaulas, y las consignas, cadenas.

Aprendimos que hay que desconfiar del líder que prohíbe reír, que vigila las bibliotecas, que selecciona lo que puede decirse. Aprendimos que la ideología que todo lo justifica, también todo lo destruye.

El futuro

Cuba saldrá de este infierno. No sabemos cuándo ni cómo. Pero saldrá. Porque ningún sistema que niega la libertad sobrevive al tiempo. La historia no tolera los engaños eternos. Y cuando llegue el día —ese día inevitable—, nos tocará reconstruir lo destruido.

No será fácil. Tendremos que curar las heridas, reconciliar las almas, y sobre todo, volver a educar al pueblo en la libertad. Tendremos que desmontar los ídolos, revisar nuestra memoria, aceptar nuestras culpas. Porque el fanatismo no se derrota solo con cambios de gobierno, sino con un renacer moral.

Y entonces, cuando ese día llegue, cuando el telón de esta pesadilla caiga y se enciendan nuevamente las luces del pensamiento, sabremos que valió la pena resistir, escribir, denunciar. Y sobre todo… recordar. Porque el olvido es el mejor aliado de la tiranía.

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