
El edificio Riomar, una estructura imponente de mediados del siglo XX, que alguna vez fue símbolo de modernidad y confort en La Habana, ahora se encuentra completamente deteriorado y únicamente es habitado por personas sin un hogar seguro en la Isla.
La cuenta de TikTok Cubanos TV compartió el video de un recorrido de este lugar, ubicado en 1.ª entre 0 y 2, Miramar. En las imágenes es posible observar el daño irreparable en toda la estructura del edificio, prácticamente ruinas de apartamentos que, de estar en buen estado y funcionales, podrían hasta costar un millón de dólares en renta.
En el recorrido, los “residentes” comentaron frente a la cámara cómo viven en este lugar bajo condiciones infrahumanas e insalubres, mientras se encuentran en latente de riesgo de ser víctimas de un derrumbe total o parcial.
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Según un reportaje publicado por On Cuba News en enero de este año, el edificio en cuestión fue inaugurado en 1957, como parte de uno de los proyectos más ambiciosos de Alfredo Hornedo, magnate y político cubano, responsable también de la creación del teatro Blanquita y el hotel Rosita de Hornedo.
Los nombres de estos lugares fueron cambiados tras ser expropiados por el régimen castrista. El teatro fue rebautizado con el nombre de Carlos Marx y el hotel ahora es conocido como Sierra Maestra.
Diseñado por Cristóbal Martínez Márquez, el edificio consta de tres bloques de 11 pisos cada uno, con un total de 201 apartamentos que, en su momento, ofrecían una serie de comodidades vanguardistas, como piscinas, garajes individuales, salones de eventos y servicio de mantenimiento.
Según el arquitecto cubano Ruslán Muñoz, en su artículo “Edificios altos del Movimiento Moderno”, este inmueble es un ejemplo de cómo las influencias internacionales de la arquitectura moderna se fusionaron con el contexto local. Sin embargo, su esplendor resultó efímero.
La imposición de un sistema comunista en la Isla trajo consigo cambios radicales, que terminaron afectando el futuro del referido inmueble. La Ley de Reforma Urbana de 1960 convirtió al Riomar en patrimonio público, y sus apartamentos vacíos pasaron a ser administrados por el Estado.
Con el tiempo, la proximidad al mar y la falta de mantenimiento aceleraron su deterioro. A pesar de su evidente decadencia, el Riomar sigue siendo un lugar lleno de vida, aunque de maneras inesperadas.
Sus paredes, descuidadas y agrietadas, han sido tomadas por el arte callejero. Graffitis de colores brillantes y formas abstractas cubren los muros, convirtiendo el lugar en una galería al aire libre, en la que cada trazo cuenta una historia diferente. Además, el edificio ha servido como escenario para películas, siendo un telón de fondo ideal para historias de desolación y nostalgia.

