
El pasado 24 de febrero, Roberto Morales Ojeda, miembro del Buró Político y Secretario de Organización del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC), pronunció un discurso durante la conmemoración del reinicio de las luchas independentistas en Baire.
En su intervención, reiteró las típicas consignas del oficialismo: exaltación del pasado revolucionario, denuncia de la agresión imperialista y reafirmación de la unidad indestructible del pueblo en torno al partido comunista. Pero al analizar sus palabras, lo que emerge es la imagen de un régimen incapaz de ofrecer un futuro tangible, atrapado en la repetición de promesas incumplidas mientras la nación se vacía por el éxodo masivo.
Morales Ojeda proclamó que en Cuba se sigue “construyendo esperanzas y futuros para nuestros hijos y para la humanidad”. Sin embargo, los propios cubanos han dado la respuesta más contundente a esta afirmación: en los últimos años, el país ha pasado de tener 11 millones de habitantes a 9.7 millones debido al éxodo masivo.
Familias enteras arriesgan sus vidas en el mar, cruzan selvas o desafían fronteras para huir de esa supuesta “esperanza” que el gobierno dice estar construyendo. No se van por el “bloqueo” ni por una “campaña mediática” enemiga, sino porque el sistema que Morales Ojeda defiende ha fracasado rotundamente en garantizarles un futuro digno.

El alto dirigente de la cúpula comunista también aseguró que “ningún obstáculo externo podrá quebrantar la determinación de un pueblo que ha forjado su destino con sangre, sudor y amor a la patria”. La pregunta es: ¿a cuál pueblo se refiere? Porque el país que describe en su discurso poco se parece al de la vida cotidiana de los cubanos, donde el salario medio apenas cubre una fracción de la canasta básica, los apagones son constantes y los hospitales carecen de lo más esencial. La “determinación” que menciona Morales Ojeda no se traduce en prosperidad, sino en sobrevivencia forzada.
El discurso oficialista insiste en trazar una línea directa entre las guerras de independencia del siglo XIX, la Revolución de 1959 y el presente del PCC. Morales Ojeda cita a José Martí y a los mambises para legitimar un sistema que en la práctica traiciona los ideales de libertad por los que lucharon aquellos patriotas.
Martí advertía sobre el peligro del caudillismo y el autoritarismo, mientras que el castrismo ha convertido a Cuba en una dictadura de partido único que niega derechos básicos como la libertad de expresión y asociación.
La “unidad indestructible del pueblo en torno al PCC” que Morales Ojeda defiende es un eufemismo para describir la imposición de un pensamiento único. No se trata de consenso, sino de coerción. El Partido no es el reflejo de la voluntad popular, sino el aparato que suprime cualquier disidencia y controla todos los espacios de la sociedad. En un país verdaderamente libre, no haría falta obligar a los ciudadanos a asistir a actos políticos, ni criminalizar la opinión crítica, ni censurar a los periodistas independientes.
Uno de los aspectos más preocupantes del discurso oficialista es el llamado a fortalecer la “continuidad generacional” del PCC. La educación en Cuba ha sido transformada en un mecanismo de adoctrinamiento, donde los niños crecen bajo un sistema que glorifica al Estado y demoniza cualquier forma de pensamiento crítico. Esta manipulación cultural tiene un costo alto: generaciones enteras formadas en la resignación y el conformismo, con escasas herramientas para imaginar un futuro fuera del modelo impuesto por el régimen.
El llamado a la “lucha ideológica” en los espacios digitales y físicos, lejos de fomentar el debate, refuerza el ambiente de vigilancia y represión. En vez de promover el pensamiento libre, el gobierno busca blindar su narrativa oficial a toda costa. Pero la realidad es imposible de ocultar: los jóvenes cubanos no sueñan con la “continuidad”, sino con irse del país.
Morales Ojeda asegura que “nada es más importante que la revolución socialista”, una declaración que en sí misma revela la naturaleza del sistema: no se gobierna para mejorar la vida del pueblo, sino para perpetuar un modelo ideológico. La historia demuestra que ningún país ha salido de la pobreza sin libertad económica. Mientras el PCC insista en controlar todos los medios de producción y obstaculizar el desarrollo del sector privado, Cuba seguirá sumida en la miseria.
Los cubanos necesitan menos discursos grandilocuentes y más políticas que les permitan prosperar sin depender del Estado. En lugar de un sistema que castiga el emprendimiento y criminaliza la acumulación de riqueza, Cuba necesita un modelo que premie el esfuerzo individual y abra espacios a la inversión. Solo así podrá construirse un futuro real y no una “esperanza” vacía que solo sirve para perpetuar el control de la casta gobernante.

