
El abrazo llegó después de una larga pelea judicial. No fue un gesto cualquiera. Fue el cierre parcial de una pesadilla para Graciela Leyva Sánchez, una cubana que permaneció detenida por autoridades migratorias de Estados Unidos hasta que una corte federal ordenó su liberación inmediata el 10 de junio de 2026.
“Cuando me abrazó por primera vez, sentí que volvía a respirar”, dijo Kendry González, su esposo, al recordar el momento en que la familia volvió a reunirse.
La historia de Graciela
No es solo la de una inmigrante detenida. Es también la historia de una familia que insistió, de abogados que siguieron una estrategia legal hasta el final y de un sistema judicial que terminó interviniendo cuando otros caminos parecían cerrados.
Según el relato de su defensa, Graciela llegó a EEUU hace cuatro años. Desde entonces, cumplió con las condiciones impuestas por las autoridades migratorias. Asistió a sus citas con ICE, compareció ante las audiencias, trabajó, pagó impuestos y construyó una vida junto a su esposo y su comunidad. No tenía antecedentes penales ni había dejado de presentarse ante las autoridades.
“Llevo cuatro años viviendo en este país y durante todo este tiempo he cumplido responsablemente con todas las condiciones impuestas por las autoridades migratorias. He asistido puntualmente a todas mis citas y reportes con ICE, demostrando siempre mi disposición para cooperar con las leyes y los procesos migratorios”, expresó Graciela.
Pero el 10 de enero de 2026, cuando acudió voluntariamente a una cita rutinaria con ICE, fue detenida. La obediencia que durante años había mostrado ante el sistema migratorio terminó convertida en el punto de partida de su detención.
La pesadilla del inmigrante
A partir de entonces comenzó una etapa marcada por la incertidumbre. Fue trasladada entre distintos centros de detención. Durante sus primeros días bajo custodia, según el testimonio familiar, durmió en el suelo. Pasó meses separada de su esposo, de su hogar y de la vida que había levantado en EEUU.
En ese tiempo escuchó repetidamente que sería deportada. Solicitó audiencias de fianza. Recibió negativas. Le dijeron que no había jurisdicción. La familia buscó respuestas, pero durante semanas solo encontró espera.
“Cada día se sentía como una eternidad. Sentí miedo, angustia e impotencia. Ver a la persona que amo detenida, separada de su hogar, me hizo cuestionar todo”, relató Kendry González.
El asesoramiento y la estrategia correcta son el camino al triunfo
En medio de ese proceso, la defensa legal se volvió decisiva. Graciela siguió la estrategia trazada por sus abogados Juan Carlos Ponton y Anabel Fernández, de Ponton & Fernandez, Attorneys at Law.
De acuerdo con la información suministrada por la familia, la abogada Fernández asumió un papel clave tanto en la representación ante la Corte de Inmigración y la Junta de Apelaciones de Inmigración como en la preparación de la petición federal de Habeas Corpus.

Aunque no estaba admitida para litigar directamente ante la Corte Federal del Distrito Oeste de Oklahoma, Fernández colaboró durante incontables horas en la preparación del caso.
Investigó jurisprudencia, redactó escritos, organizó evidencia, preparó declaraciones y respondió a la familia durante el proceso. Parte de ese trabajo, según el relato, fue realizado pro bono.
La batalla legal tuvo varios momentos difíciles. Hubo audiencias de fianza, negativas y nuevas gestiones. Cuando una audiencia ordenada por una corte federal se llevó a cabo sin la participación adecuada de la defensa, los abogados volvieron a actuar. Cuando una segunda audiencia terminó otra vez en una negativa de fianza, pese a la evidencia presentada, insistieron por otras vías.
El caso llegó finalmente ante un juez federal, quien revisó lo ocurrido y examinó el expediente. La intervención de la justicia federal fue determinante. El 10 de junio de 2026, el tribunal ordenó la liberación inmediata de Graciela.
La decisión puso de relieve una de las funciones centrales del sistema constitucional estadounidense: los controles y contrapesos. En EEUU, el poder del Estado está dividido entre las ramas ejecutiva, legislativa y judicial. Esa separación busca evitar que una sola institución tenga la última palabra cuando están en juego derechos fundamentales.
“Nil desperandum”: nunca pierdas la esperanza
En el caso de Graciela, el Departamento de Seguridad Nacional y la Corte de Inmigración forman parte de la rama ejecutiva. La Corte Federal, en cambio, pertenece a una rama distinta. Esa diferencia permitió que un juez revisara el proceso y ordenara una medida que cambió el destino inmediato de la familia.
Para Graciela, la liberación representó algo más que salir de un centro de detención. Fue la posibilidad de regresar a su casa, abrazar a su esposo y retomar una vida suspendida.
“Finalmente, después de cinco meses fui liberada. Mi salida representó una nueva oportunidad para continuar adelante, reunirme con mis seres queridos y retomar mis responsabilidades”, afirmó.
Kendry también lo resume como el fin de una etapa dolorosa. “Hoy, por fin, mi esposa está libre, y juntos, más fuertes que nunca, comenzamos un nuevo capítulo en nuestra vida”, dijo.
La historia deja una lección para muchas familias inmigrantes que enfrentan procesos largos, difíciles y emocionalmente devastadores. No todas las batallas legales se resuelven rápido. No todas las puertas se abren en el primer intento. Pero el caso de Graciela muestra que seguir la orientación adecuada, documentar cada paso y agotar los recursos legales puede marcar una diferencia decisiva.
“Esta experiencia me enseñó importantes lecciones sobre la resiliencia, la perseverancia y la importancia de no perder la esperanza incluso en los momentos más difíciles”, expresó Graciela.
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