
Denny Martínez, conocido como Narciso Martiniz, joven estilista de Sancti Spíritus, impulsa desde su taller el proyecto Narciso Vintage, una iniciativa que recupera y restaura prendas originales de la moda cubana confeccionadas antes de 1959.
La propuesta ganó visibilidad esta semana tras un video publicado por el creador de contenidos Dasiel López, donde se muestra cómo el diseñador clasifica, repara y exhibe sombreros, vestidos, bolsos y joyas de época para devolver a la isla una estética ligada a su memoria cultural.
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El material audiovisual circuló en redes y generó conversación entre cubanos dentro y fuera del país. En las imágenes se observa a Martínez manipulando piezas conservadas durante décadas, muchas procedentes de antiguas tiendas habaneras como El Encanto, referente comercial del Caribe durante la primera mitad del siglo XX.
Ese establecimiento marcó una etapa en la que vestirse bien formaba parte de la vida cotidiana y del orgullo ciudadano. Lejos de crear una marca de consumo masivo, el joven plantea un concepto centrado en la conservación. Cada prenda se trata como documento histórico. No replica tendencias ni produce series industriales.
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Su meta consiste en restaurar, combinar y presentar piezas únicas que reflejen identidad. “No es ropa vieja, es historia”, comenta en el video mientras ajusta un vestido de corte clásico.
La propuesta contrasta con el panorama actual de la isla, donde la escasez de materias primas, los apagones y el alto costo de la vida limitan la industria textil. Muchos consumidores recurren a la improvisación o a mercancía importada sin estándar de calidad. Frente a ese contexto, Narciso Vintage apuesta por la reutilización y el valor simbólico.
Las reacciones no tardaron. Varios seguidores celebraron la iniciativa. “Narciso tiene un gusto excelente, además de ser una hermosa persona”, escribió una usuaria.
Otro comentario planteó: “¿Crees que el buen gusto se perdió en Cuba o que solo estaba esperando a alguien que lo recordara?”. Algunos ven en el proyecto una señal de resistencia cultural: “Todo es burla hasta que empieza a funcionar y aquí está el claro ejemplo”.
Sin embargo, también surgieron críticas. Un internauta cuestionó la viabilidad práctica de esas prendas: “Podrá vestir muy bien, pero está fuera de contexto para el ajetreado nivel de vida que se vive en Cuba”.
Otro amplió el debate social: “En Cuba no se perdió el buen gusto, también faltan comida, electricidad, agua, derechos. El buen gusto es lo de menos”. Hubo quien señaló diferencias estilísticas: “Tiene influencia de París de los 50 y 60, poco que ver con la combinación tradicional cubana, aunque mérito tiene por crear una marca pese a las dificultades”.
Más allá de opiniones, el proyecto reabre una discusión sobre patrimonio y consumo. Para parte de la diáspora, estas piezas conectan con una etapa previa a los cambios políticos y económicos que transformaron la vida nacional. Para otros, se trata de un lujo distante de la realidad cotidiana.
Mientras tanto, Martínez continúa su labor de búsqueda y restauración. En un país donde la moda perdió espacios, su taller es archivo y escaparate. Su trabajo no solo recupera tela y costuras: también reactiva recuerdos de una Cuba que alguna vez hizo de la elegancia una seña de identidad.

