
En 1959, se produjo un acontecimiento de gran envergadura: el triunfo de la Revolución Cubana. Este suceso fue apoyado por la gran mayoría del pueblo, que depositó en este su esperanza y fe. Sin embargo, la involución y traición a sus ideales comenzaron tan pronto como afianzó su dominio. Todas las promesas fueron olvidadas, y del Programa del Moncada no se cumplió ni una letra. La mentira se convirtió en el pan nuestro de cada día.
Cuba contaba con una elevada tasa de alfabetización, cercana al 76% de la población, muy por encima incluso de países como España, Brasil y Venezuela. Había una alta matrícula escolar y la enseñanza gratuita estaba garantizada. Según datos de la UNESCO, en 1957, Cuba ocupaba el cuarto lugar en América Latina en este ámbito.
Existían más de doce mil escuelas públicas, además de una gran cantidad de colegios privados, como el prestigioso Colegio de Belén. También había una Escuela Normal para la formación de maestros y profesores de calidad, además de una Universidad considerada una de las mejores de América. Todo esto era fruto de una rica herencia educativa bajo la égida de figuras como José de la Luz y Caballero, Félix Varela y Enrique José Varona.
Éramos una potencia económica y cultural. Sin embargo, el gobierno perfilaba una política educacional servil a sus intereses. Así, voluntariamente, íbamos poniéndonos el yugo al cuello.
La influencia de Makarenko en la educación cubana
A partir de 1961, con la Campaña de Alfabetización, las ideas del soviético Antón Makarenko (1888-1939) un pedagogo y escritor ruso, destacado por su trabajo educativo en contextos difíciles, especialmente con jóvenes en instituciones de reeducación; comenzaron a influir en la educación cubana.
El gobierno instauró un sistema educativo inspirado en modelos soviéticos, promoviendo valores colectivos, disciplina y trabajo comunitario, pilares de la pedagogía de Makarenko. Se comenzó a copiar literalmente el modelo de educación ruso y hasta el inglés fue sustituido en las escuelas por la lengua materna de Lenin.
Se buscaba formar al “hombre nuevo”, en una dirección contraria a los postulados de José Martí. Se relegó el enorme caudal pedagógico de Félix Varela y José de la Luz y Caballero, quienes habían forjado un pensamiento crítico y de alto nivel científico.
La Revolución buscó construir un sistema educativo que rompiera con el pasado republicano, considerado burgués y elitista. Sin embargo, esta ruptura marginó las tradiciones humanistas cubanas, como las representadas por José de la Luz y Caballero. Mientras De la Luz promovía una educación basada en el pensamiento crítico y la moral individual, el régimen priorizó un enfoque colectivista alineado con su narrativa socialista.
El legado de Félix Varela y José de la Luz y Caballero
Félix Varela introdujo métodos de enseñanza que fomentaban el pensamiento crítico, reemplazando la memorización por el razonamiento lógico. Su obra Lecciones de Filosofía modernizó la educación cubana y sentó las bases para un sistema que preparara a las futuras generaciones para los cambios sociales y políticos. Además, Varela fue precursor de las ideas independentistas.
Por su parte, José de la Luz y Caballero defendió una educación integral basada en valores cívicos y morales. Su lema, “Instruir puede cualquiera, educar, solo quien sea un evangelio vivo”, refleja su énfasis en el ejemplo personal como herramienta pedagógica.
La elección de adoptar las ideas de Makarenko no respondió a su pertinencia para el contexto cubano, sino a su compatibilidad con el proyecto político de la Revolución. Este error monumental truncó la posibilidad de formar ciudadanos críticos y patriotas con valores nacionales.
Si Fidel Castro hubiera apostado por rescatar los valores patrios, promoviendo una educación verdaderamente nacionalista, Cuba no habría caído en la modorra comunista. Éramos una cuna de valores y de hombres de talla universal. ¿Qué necesidad había de buscar fuera, si no eran cadenas para doblegar nuestras virtudes?
La pregunta queda abierta: ¿Qué teníamos que buscar afuera?

