
Contemplar el panorama actual de la niñez y la juventud cubana —esa que la Revolución aún insiste en llamar “el hombre nuevo”— provoca una mezcla de tristeza, horror y vergüenza. Aquella sociedad que alguna vez se sustentó en valores morales sólidos, aspiraciones culturales elevadas y respeto por las normas y las formas, ha sido degradada hasta convertirse en una grotesca parodia de sí misma: un carnaval vulgar donde lo chabacano se exalta como virtud revolucionaria.
Hoy basta con asomarse a una escuela primaria o a un parque infantil para presenciar un espectáculo desolador: niños y niñas bailando de manera obscena, imitando movimientos sexuales cuyo significado ni comprenden, repitiendo letras muchas veces cargadas de insultos, misoginia y exaltación del delito. ¿Dónde están los padres? ¿Dónde los maestros? ¿Quién guía a esos pequeños hacia una vida digna? Nadie. El vacío es total. Y lo más inquietante: ya no escandaliza a nadie. Nos hemos acostumbrado a la cloaca.
De la cultura al basurero ideológico
Cuba, patria de novelistas como Alejo Carpentier, poetas como Lezama Lima, músicos como Ernesto Lecuona e historiadores como Fernando Ortiz, agoniza hoy en un páramo intelectual donde reina la mediocridad. La televisión estatal, lejos de educar, difunde espectáculos plagados de gritos y vulgaridad. Los jóvenes artistas, para sobrevivir, deben plegarse al gusto de una mayoría embrutecida tras décadas de incultura planificada.
Los actos de “promoción cultural” del Estado se reducen a festivales de bajo nivel, promovidos y transmitidos por medios oficiales, donde se ensalza al marginal, al vulgar, al “guapo del barrio”, convertido en modelo de “arte popular”. Pero ese arte no construye ni redime: arrastra, embrutece, destruye.
La primera comunión, antes símbolo de pureza y fe, ha desaparecido casi por completo. Los quince años, antaño celebraciones familiares llenas de decoro, han devenido en sesiones de fotos ridículas, con coreografías obscenas que se viralizan en redes sociales.
Una revolución que todo lo pervierte, que todo lo ensucia
Eso ha sido la Revolución: una maquinaria destructiva que ha arrasado con la educación, la moral, la salud, la agricultura y la historia. Ha sustituido el amor y la virtud por el miedo y la repetición mecánica de consignas vacías. ¿Qué ha legado el socialismo cubano a la cultura, salvo represión, censura, autocensura y el exilio forzado de decenas de creadores? ¡Nada!
Recordemos nombres silenciados o expulsados: Reinaldo Arenas, perseguido por su homosexualidad y sus ideas, que escribió con rabia y lucidez desde el exilio. Guillermo Cabrera Infante, exiliado por denunciar la censura. Heberto Padilla, encarcelado por escribir poesía crítica. La lista es extensa y dolorosa. ¿Qué fue de nuestros novelistas, cineastas, pintores, ensayistas? Fueron callados, se marcharon, o se rindieron.
Mientras tanto, los medios oficiales elevan a figuras mediocres, “artistas” al servicio del Partido, sin obra ni talento, que escriben panfletos, rapean consignas o callan ante la barbarie. La cultura ha sido convertida en instrumento de propaganda; lo que no sirve a ese propósito, simplemente no existe.
La nueva estética: el culto a la marginalidad

Programas como Con Filo, con moderadores ignorantes y sin ética, constituyen un insulto a la inteligencia. Se ataca al pensamiento libre, se ridiculiza al disidente, se denigra al emigrado. Todo responde a una estrategia perversa: construir una falsa cultura popular sustentada en la agresión, el resentimiento, la grosería y la chusmería elevada a categoría revolucionaria.
El lenguaje se ha empobrecido. El respeto ha desaparecido. La música se ha contaminado. El arte ha sido prostituido. Lo que impera hoy es una estética de cloaca, una verdadera cultura del retrete, donde la decadencia es norma y la virtud, sospechosa.
¿Qué nos queda? Nos queda la memoria. Nos quedan las páginas de José Martí, que veía en la cultura un acto de salvación. Nos queda rescatar la obra de Dulce María Loynaz, Premio Cervantes, ignorada por décadas. Nos queda el deber de no callar, de denunciar este proceso destructor que ha sustituido la cultura por propaganda, el arte por vulgaridad, la educación por adoctrinamiento.
No podemos olvidar esta tragedia. ¡Jamás!

