
El régimen cubano, que históricamente ha ninguneado el reguetón y sus subgéneros —como el dembow, trap, reparto—como formas de expresión contrarias a los valores de la Revolución, sorprendentemente ha mostrado una solidaridad pública con José Manuel Carvajal, un artista emigrado conocido como El Taiger; en sus últimos días y tras su fallecimiento.
Es curioso que este mismo régimen, que promulgó el polémico Decreto 349 —una ley que criminaliza a los “intrusos” en el arte y que busca imponer un control férreo sobre la producción cultural—, ahora recurra a la figura de un reguetonero, un representante del tipo de música que durante años ha despreciado públicamente.
El reguetón ha sido etiquetado como “chatarra cultural” por funcionarios y figuras públicas del régimen cubano, acusando a sus exponentes de atentar contra los ideales socialistas al promover contenidos que consideran superficiales o vulgares.
Sin embargo, en el caso de Carvajal, el régimen parece haberse aferrado a sus visitas a la Isla y a su cercanía con el país para proyectarlo como un símbolo de la identidad cubana, obviando sus críticas anteriores a la música que representaba.
Este giro no es casual. La dictadura tiene un largo historial de confundir los conceptos de patria y nación con el gobierno, utilizando a conveniencia estos términos para su narrativa política.
Al ver cómo la noticia de la condición médica de El Taiger movilizó tanto al público en la Isla como al exilio cubano, y como había un discurso crítico hacia el artista por su manifiesta criminalidad, detectaron una oportunidad para capitalizar sobre la división en torno a la figura del artista.
El intérprete de Habla Matador se convirtió así —criminal y todo— en una herramienta política que el régimen cubano —cosa rara en un régimen que detesta este tipo de “distorsiones”— que lo usó para intentar atraer a una parte del exilio, presentándose como el garante de la “esencia cubana” del reguetonero, manipulando el sentimiento de identidad nacional para sus fines.
Este oportunismo se agrava cuando recordamos que este mismo régimen durante años ridiculizó a quienes escuchaban reguetón, tachándolos de incultos o desviados de los valores revolucionarios. Ahora, en un movimiento táctico, buscan apropiarse de estas “ovejas descarriadas”, como solían llamar a los consumidores de este género musical, todo con el fin de perpetuarse en el poder.
El régimen, experto en dividir y manipular sentimientos, ha encontrado en la figura de El Taiger una oportunidad para instrumentalizar a aquellos que durante años ignoraron o despreciaron, buscando así continuar su estrategia de control a través de la desunión y el apoliticismo.
Este comportamiento hacia un artista emigrado, contrasta radicalmente con la actitud que la dictadura cubana ha mantenido tradicionalmente hacia otros artistas que han decidido salir de la Isla y han sido críticos con el sistema, y a los que suelen encasillar dentro de la etiqueta de “dejaron de ser cubanos” como Albita, Amaury Gutiérrez, Willy Chirino, Celia Cruz y muchos más.
No podemos soslayar por un segundo una verdad como esta: el régimen cubano tiene un largo historial de demonizar a los artistas que emigran, tachándolos de traidores o vendidos al “imperialismo”, y negándoles el reconocimiento y la posibilidad de mantener vínculos con la cultura cubana desde el exilio. Sin embargo, en el caso de Carvajal, la estrategia ha sido completamente diferente, marcando una notable excepción.
El cambio de tono no es accidental. En un contexto donde el régimen cubano está cada vez más necesitado de divisas y busca desesperadamente reconciliarse con su diáspora para obtener un flujo constante de dólares, esta solidaridad pública hacia un reguetonero emigrado que retornaba al país frecuentemente, y que es de la preferencia de un sector del exilio que hace lo mismo, parece más una maniobra oportunista que una muestra genuina de apoyo. Esto resulta aún más evidente, considerando que la inmensa mayoría de los emigrados se han declarado en frontera como “perseguidos políticos”.
A lo largo de los años, el régimen cubano ha tratado de establecer un control rígido sobre la emigración, utilizando la narrativa de “patria o muerte” como una forma de deslegitimar a quienes abandonan el país. Pero ahora, al levantarle un monumento de solidaridad a El Taiger, está intentando redibujar las líneas, suavizando su postura con aquellos que podrían contribuir económicamente al país desde el exterior.
Esta aparente reconciliación con el reguetonero no es más que una burda maniobra política. El régimen ha detectado una oportunidad para aprovechar la figura de un artista emigrado, no por su legado cultural o artístico, sino porque encaja dentro de su narrativa de control de la diáspora, con un claro interés en el dinero que esta puede aportar a la ya maltrecha economía cubana.
Utilizando su muerte y el clamor que despertó entre los seguidores tanto dentro como fuera de Cuba, el gobierno intenta tender un puente simbólico hacia esa emigración a la que tanto ha demonizado, pero a la que ahora necesita más que nunca.
Es evidente que este intento de reapropiarse de la figura del cantante, forma parte de una estrategia más amplia de instrumentalización. El régimen, con una economía colapsada y una emigración masiva que sigue creciendo, ha entendido que debe buscar formas de atraer dólares desde el exterior, aunque ello signifique hacer excepciones y otorgar reconocimientos que hasta hace poco resultaban impensables.
La solidaridad del régimen con El Taiger ahora no es más que una fachada política, diseñada para reconciliarse con un sector de la diáspora que puede, en última instancia, beneficiar al gobierno económicamente, aunque nunca haya mostrado interés en integrarlos realmente en el tejido cultural cubano.

