
Ver hoy a miembros del buró político cubano asistiendo solemnemente a una misa provoca indignación y repugnancia moral en millones de cubanos.
Los mismos herederos del castrismo que durante décadas persiguieron la fe, cerraron colegios religiosos, expulsaron sacerdotes y monjas, y condenaron a seminaristas y creyentes a los campos de concentración de las UMAP, ahora se presentan en los templos fingiendo respeto por la religión. No es reconciliación; es cinismo político disfrazado de devoción.

La dictadura cubana declaró la guerra a la Iglesia desde los primeros años de la Revolución porque entendía que toda autoridad moral independiente era una amenaza para el poder absoluto. Ser creyente en Cuba podía costar una carrera, un empleo o la marginación social.
Miles de religiosos fueron vigilados, humillados o expulsados del país, mientras jóvenes cristianos eran enviados a trabajos forzados en las UMAP para “corregir” sus ideas. El régimen quiso arrancarle la fe al pueblo cubano usando miedo, adoctrinamiento y represión.

Ahora, cuando el sistema está desacreditado, arruinado y sin legitimidad, los dirigentes comunistas descubrieron la utilidad propagandística de aparecer en ceremonias religiosas. Buscan proyectar tolerancia y humanidad ante el mundo, mientras siguen reprimiendo opositores, encarcelando disidentes y negándole libertades básicas al pueblo.
Nunca pidieron perdón por las persecuciones religiosas ni reconocieron el sufrimiento de las víctimas. Simplemente cambiaron el discurso para sobrevivir.

El castrismo confirma una vez más que su único principio es no tener principios. Ayer perseguían sacerdotes; hoy posan junto al altar. Ayer llamaban a la religión “opio”; hoy usan la fe como escenografía política. Pero la memoria de Cuba no se borra con una misa ni con una foto.
Los verdugos podrán sentarse en primera fila, pero la historia seguirá recordando quiénes fueron los perseguidores.

