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PERIÓDICO CUBANO

Muertos en vida: pobreza extrema en Caracas obliga a personas a ocupar un cementerio

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Muertos en vida: pobreza extrema en Caracas obliga a personas a ocupar un cementerio

Otra de las grandes conquistas del socialismo en el país caribeño

Cementerio en Caracas

Venezolanos que viven en la extrema pobreza han tenido que ocupar el cementerio como hogar (Foto: @cimanewsdigital-Twitter )

Durmiendo sobre lápidas y entre huesos de tumbas profanadas, indigentes cuentan y muestran como viven dentro del Cementerio General del Sur, uno de los principales panteones de Caracas.

Los muertos son enterrados para que descansen en paz, pero en el Cementerio General del Sur eso es lo último que podría pasar. Al día de hoy cientos de tumbas fueron profanadas y las que no, se convirtieron en el hogar de familias que no tienen techo.

Jendry corretea con un patín mientras arrastra a una rata muerta atada a una cuerda: su parque de juegos es un gigantesco cementerio de Caracas repleto de tumbas profanadas. Otros niños juegan con él sin inmutarse por osamentas humanas extraídas por los saqueadores.

El chico, de 11 años, que suele ir con su hermana de nueve a pedir comida en un mercado cercano, vive con su madre alcohólica en el Cementerio General del Sur.

Este panteón es un enorme lote de tierra que con el paso de las décadas se convirtió en uno de los camposantos más importantes de Venezuela. Tanto así que fue declarado monumento histórico de ese país en 1982.

Hoy poco o realmente nada queda de esa necrópolis que se alzó con grandes mausoleos como el de la familia Crespo, donde reposaban los restos del general Joaquín Crespo, presidente de Venezuela (1884-1886, y 1892-1898), de su esposa Jacinta de Crespo y de algunos de sus hijos y de sus descendientes directos, que hoy está en ruinas.

Cuesta caminar entre escombros donde sobresalen dos destruidos sarcófagos de madera con paredes de vidrio, donde reposaban Crespo y su esposa.

Ahora no solo albergan los restos de la historia, los profanadores de tumbas han hecho su labor en destruir aquellos monumentos, y familias como la de Jendry, encontraron un albergue entre los sepulcros.

Por ejemplo en uno de los pocos sepulcros que aún no han sido ultrajados vive la hermana mayor de Jendry, Winifer, de 17 años, junto a su esposo, Jackson, de 19, y su niña de cinco meses.

“Prácticamente he vivido toda mi vida en el cementerio”, cuenta esta adolescente con rostro de niña que no sabe leer ni escribir.
Basta dar unos pasos para presenciar las secuelas del saqueo, agravado en la última década. “En un día profanaron 22 tumbas”, comenta a la AFP un trabajador.

No existen cifras oficiales, pero medios locales apuntan que más del 60% del cementerio ha sido profanado.

Winifer y Jackson, que pasó meses preso por robar un celular, viven en una estructura techada con láminas de zinc y cubierta por barras metálicas, semejante a una pequeña capilla. Duermen sobre lápidas de granito que albergan debajo a cuatro difuntos.

La profanación del cementerio, que alberga personajes históricos, algunos reubicados, surgió por la “fiebre del oro”, en la búsqueda frenética de joyas con las que enterraban a difuntos, según trabajadores.

Pero también se debe a la santería. Entre las osamentas se encuentran incluso evidencias de rituales realizados en el lugar: platos con maíz y algunos huevos en ofrenda y botellas de alcohol.

Estas familias se han convertido en guardianes de sepulturas, mientras en otras tumbas “sacan los muertos, roban hasta la cerámica”, justifica Jackson, “uno está aquí y esto está seguro uno le cuida las cosas, uno le cuida su tumba”, comentó.

A este trabajo también se suma Luis, de 41 años, quien vive en un espacio semejante al de Winifer y Jackson. Según la agencia de noticias, este hombre dice cuidar 37 tumbas, incluida la que ocupa con su familia.

“Todas mis tumbas las tengo marcadas”, explicó. “Uno le cuida su tumba, se la mantiene barrida, lavadita, limpiecita y los familiares los domingos se te presentan con dos o tres productos” de comida.

Sin embargo, algunas personas están molestas porque consideran que esas improvisadas residencias desacralizan las tumbas de sus seres queridos.

Una mujer llamada Maritza le reclama a Jackson al ver utensilios de cocina sobre la tumba de un sobrino muerto a manos de policías.

“Consigo una cocina aquí, ¿qué es eso? Tienen que respetar, esos muertos todavía a uno le duelen”, se queja Maritza, indicando que los cuerpos de un hijo asesinado a los 21 años, una sobrina que murió de cáncer, su suegra y otros dos sobrinos víctimas de la violencia están enterrados en ese lugar.

Los gigantescos mausoleos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y la disuelta Policía Metropolitana de Caracas son ejemplos de la devastación.

Para bajar al sótano donde están los nichos policiales, todos saqueados, se atraviesa una escalera repleta de basura, escombros y excremento. El olor es insoportable.

La visita al cementerio se ha hecho famosa hasta en YouTube donde periodistas o simples curiosos han subido videos reportando lo que se vive en ese lugar. Muestran en esas imágenes como hay huesos regados por doquier, balaceras y los visitantes que temerosos arreglan la tumba de sus familiares y rápidamente salen del lugar.

La alcaldía de Caracas no respondió oportunamente al pedido de AFP de un comentario sobre la situación del cementerio.
Pero Luis, que duerme sobre nueve cadáveres, sentencia que sólo existe una manera de prevenir la profanación: “El que quiere tener su muerto seguro tiene que pagar”.

Y así las familias parecen adaptadas a la situación, al vivir entre muertos, cuando realmente los que están vivos, no tiene una calidad de vida, a tener vecinos silenciosos y a la visita de sus parientes algo incomodos.

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