La trayectoria de Carlos Lazo presenta numerosas paradojas. Enfrentando las adversidades del régimen comunista en Cuba, su familia se dispersó: su madre emigró a Estados Unidos y su hermano a Perú.
El propio Lazo de joven, en un intento desesperado por dejar la Isla, optó por una salida ilegal desde Playa Baracoa, en Bauta, pero fue detenido dos días después cerca de Jaimanitas por los guardafronteras cubanos y fue sentenciado a un año en la prisión de Quivicán por “salida ilegal del país y apropiación indebida”. En 1991, logró emigrar ilegalmente a Estados Unidos en su segundo intento.
Una vez en Miami, se empleó en diferentes trabajos, desde repartir pizzas hasta conducir camiones de carga, antes de trasladarse a Seattle. Allí, se alistó en la Guardia Nacional, sirviendo como sargento en la guerra de Irak. A la edad de 40 años, decidió seguir estudios para convertirse en profesor en un preuniversitario de Seattle, Washington.
Sorprendentemente, comenzó a apoyar al régimen cubano que había abandonado casi dos décadas atrás, fundando Puentes de Amor y realizando viajes con frecuencia a la Isla, bajo el pretexto de enviar ayuda humanitaria.