
En las aguas de Santa Fe, al oeste de La Habana, pescadores de almejas arriesgan su salud para abastecer los platos exclusivos de los restaurantes de lujo. Sin equipamiento adecuado, trabajan descalzos, expuestos a cortes, erizos y vidrios. La falta de recursos no impide que busquen en el fondo marino su sustento diario, aunque las ganancias sean mínimas comparadas con los precios que pagan los turistas.
En el Malecón de La Habana es común ver pescadores atrapando peces para su consumo, pero en Santa Fe, la pesca de almejas es un negocio desigual. Lo que estos hombres recogen llega a paladares y restaurantes donde el precio de una libra triplica el valor original pagado a los pescadores.
La pesca de almejas en Cuba es desafiante y poco reconocida, así lo constató el youtuber cubano JSant TV. Los pescadores caminan por las aguas poco profundas de Santa Fe, guiándose por el tacto de sus pies. Sin zapatos, sienten las almejas enterradas, pero también las amenazas ocultas. “Es mejor desbaratarse los pies que las manos. Los pies se curan más rápido”, dice uno de ellos, reflejando la dureza de su oficio.
Aunque las almejas terminan en mesas cubanas, no son accesibles para la mayoría. Los pescadores venden el kilo por 400 o 500 pesos, mientras que los restaurantes las revenden a precios mucho más altos. “Vendemos para subsistir, pero ellos hacen negocio”, comenta un pescador, explicando que los encargos pueden llegar a 60 libras diarias.
La demanda fluctúa según el flujo de turistas. Si la afluencia disminuye, también lo hace el sustento de estos pescadores. “Siempre hay almejas, pero no siempre hay quien las compre”, señalan. Esta dependencia refleja la fragilidad de la economía local.

El trabajo se realiza sin condiciones mínimas de seguridad. Los pescadores enfrentan heridas que tratan con remedios caseros o antibacterianos improvisados. La falta de asistencia médica adecuada es una constante.
La cultura popular otorga a las almejas propiedades afrodisíacas, impulsando la venta entre locales y turistas. Sin embargo, para los pescadores, estas creencias solo refuerzan la paradoja de ver cómo un producto recolectado con sacrificio es codiciado en circuitos de lujo.
A pesar de las adversidades, los pescadores de Santa Fe siguen adelante, impulsados por la necesidad. “Esto lo hacemos desde hace años, no hay otra forma de ganarse la vida”, afirman. Mientras haya turismo, la pesca de almejas seguirá siendo una profesión invisible pero crucial para el circuito gastronómico de La Habana.
El contraste entre los lujosos platos de mariscos y las condiciones de los pescadores refleja la profunda desigualdad en Cuba. Su esfuerzo alimenta a una industria que rara vez los reconoce, perpetuando un ciclo de pobreza y exclusión.

