
La muerte de Ramiro Valdés Menéndez, uno de los últimos comandantes históricos del castrismo, no solo activó los homenajes oficiales del gobierno cubano. También hizo resurgir un video que vuelve a colocar bajo escrutinio una de las contradicciones más sensibles del relato revolucionario.
Son los actos que el poder presenta como heroicidad cuando los ejecutaron sus fundadores, pero que hoy puede castigar con largas condenas de cárcel cuando los protagonizan ciudadanos comunes.
Valdés falleció el domingo 21 de junio a los 94 años. Miguel Díaz-Canel y los medios estatales lo despidieron con elogios, como una figura esencial de la llamada generación histórica. Sin embargo, en paralelo a ese homenaje institucional, volvió a circular una entrevista de 2018 en la que el propio Valdés habló sin arrepentimiento de acciones de sabotaje realizadas durante la lucha contra Fulgencio Batista.
La confesión de Ramiro Valdés
En aquella entrevista, concedida a la periodista oficialista Arleen Rodríguez Derivet, Valdés recordó episodios de su juventud revolucionaria con un tono distante de cualquier condena moral. El exjefe del aparato de seguridad cubano relató que él y otros compañeros salían a realizar acciones clandestinas fuera de Artemisa.
“Ciro, Julio y yo salíamos en el carro de Ciro a hacer sabotaje, no en Artemisa. En Artemisa lo único que hicimos fue tirarle un litro con chapapote a un cartelón que había ahí grande de Batista, para manchar su imagen”, dijo entonces.
La frase volvió a circular después de su muerte porque resume una tensión que atraviesa la historia política cubana: el sabotaje aparece como mérito revolucionario cuando pertenece al pasado fundacional del régimen, pero como delito grave cuando es atribuido a opositores, manifestantes o ciudadanos acusados de afectar recursos estatales.
Tendidos eléctricos, apagones y una contradicción actual
El fragmento más polémico del testimonio no se limita al chapapote contra la propaganda batistiana. Valdés también mencionó acciones dirigidas contra tendidos eléctricos, un asunto especialmente sensible en la Cuba actual, marcada por una crisis energética prolongada, apagones diarios y sanciones severas contra quienes sean acusados de afectar instalaciones del Sistema Electroenergético Nacional.
“Ciro, Julio y yo íbamos a hacer algunos sabotajes, tirando cadenas y cosas esas en los tendidos. Fuera de Artemisa; en Caimito, en Guanajay, Bauta…”, afirmó.
Según su propio relato, fue Fidel Castro quien le ordenó detener aquellas acciones, no por rechazo ético al sabotaje, sino por razones de estrategia política y militar. Valdés citó así la orientación recibida: “No se metan en política, no hagan sabotaje ustedes… Pasen inadvertidos de manera tal… Van a estar trabajando para la lucha armada”.
La reaparición del video ocurre en un momento en que el gobierno cubano insiste en presentar cualquier daño a infraestructura estatal como una amenaza contra la seguridad del país. Por eso el contraste ha provocado nuevas críticas entre cubanos dentro y fuera de la isla.
Ramiro Valdés, el fundador del aparato represivo cubano
Ramiro Valdés no fue un funcionario más dentro del sistema cubano. Participó en el asalto al cuartel Moncada, viajó en el yate Granma, combatió en la Sierra Maestra y, tras el triunfo de 1959, ocupó posiciones decisivas en la construcción del poder revolucionario.
Su nombre quedó especialmente vinculado al Ministerio del Interior y a la Seguridad del Estado. Fue ministro del Interior en dos etapas y durante décadas se le atribuyó un papel central en la maquinaria de vigilancia, inteligencia y represión política que sostuvo al castrismo frente a la oposición interna.
Por eso su muerte ha dejado dos relatos opuestos. El oficialismo lo despide como héroe, símbolo de lealtad y continuidad. Sus críticos, en cambio, lo recuerdan como una de las figuras más sanguinarias del sistema represivo cubano.

