
La crisis energética en Cuba es producto de las profundas grietas en la gestión de las inversiones gubernamentales, y uno de los casos más representativos es la bioeléctrica de Ciego de Ávila, un proyecto que, a pesar de las ambiciosas promesas, se ha convertido en un símbolo del fiasco comunista.
La planta, concebida para generar energía limpia mediante biomasa y así respaldar la producción de azúcar en el central Ciro Redondo, lleva seis años acumulando problemas técnicos y un rendimiento deficiente que han impedido que cumpla con los objetivos planteados.
De acuerdo con el diario oficialista Invasor, en todos estos años se han destinado más de 330 millones de dólares de conjunto con inversionistas chinos que tienen a su cargo la puesta en marcha de la industria. Desde su construcción, la planta ha sufrido fallas técnicas graves, siendo la más significativa el persistente problema con el rotor, cuyo alineamiento ha requerido asistencia extranjera constante y ha mantenido la instalación inactiva durante largos periodos.
A pesar de los intentos de ponerla en marcha, la Bioeléctrica solo logró sincronizarse con el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) en una ocasión reciente, y con solo una de sus dos calderas operativas, la planta apenas ha logrado aportar 27 megawatts al sistema, una cifra insuficiente y muy por debajo de su capacidad esperada.
La falta de biomasa es otro problema que ha afectado el funcionamiento de la bioeléctrica. La planta depende de grandes cantidades de marabú, un recurso que no ha sido garantizado en la escala necesaria. Solo cuatro de las once máquinas cortadoras están en condiciones de operar, y con una disponibilidad de biomasa insuficiente, el proyecto pierde su viabilidad. Tampoco el central muele para generar desechos cañeros que puedan ser quedamos y darle contenido energético a la bioeléctrica.
El referido medio oficialista indica que durante el último sexenio, la bioeléctrica ha dejado de producir millones de kilowatts y no ha cumplido con las expectativas de suministro de energía limpia para el central Ciro Redondo. Este fracaso es aún más evidente cuando se considera que el proyecto debía servir como modelo para reducir la dependencia de combustibles fósiles y de las plantas termoeléctricas antiguas.
Recientemente, el ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, reconoció la crisis energética que atraviesa la Isla y apuntó a la escasez de combustible y el deterioro de las plantas termoeléctricas como las dos principales causas del problema. Sin embargo, culpó al “bloqueo de EEUU” porque, según él, las sanciones impiden a Cuba acceder a financiamiento y piezas de repuesto.
El caso de la inversión fallida con los chinos, aliados del régimen comunista, delata las justificaciones mentirosas del ministro.
Otro caso de mala gestión del gobierno castrista fue el rechazo a un acuerdo con Rusia para construir unidades nuevas de generación en el Mariel. Vladímir Putin había ofrecido en 2015 un crédito de 1.200 millones de dólares para que empresas rusas ejecutarán la construcción de dos unidades termoeléctricas.
La única condición del líder ruso fue que el gobierno debía pagar un adelanto del 10% del préstamo. Cuba nunca pagó los 120 millones, por lo cual el proyecto jamás inició. El único responsable de la crisis energética de Cuba es el régimen castrista que lleva más de 65 años en el poder, tomando unilateralmente todas las decisiones económicas y sociales de la Isla.