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De una mafia a otra (Parte II)

Opinión

De una mafia a otra (Parte II)

“Yo me voy en balsa de Cuba porque quiero lo que todo el mundo quiere (…): un carro, una casa, una buena mujer…” Documental Balseros

Llegó el día de subirse al avión y Gisselle todavía no lo puede creer.

La travesía hasta este momento le ha costado su dignidad, los ideales en los que ya no cree, paciencia y determinación.  Lo que ella ignora, es que no ha pagado el precio total que tendrá su libertad.

“Mira chica, ese 23 de agosto para mi es un día complicado de describir… porque… sentía emociones encontradas. Ahora, a mi nunca se me va a olvidar, que ese día, yo salí de Cuba.” 

Así continúa relatando Gisselle su aventura hacia la libertad, la cual apenas empezaba al aterrizar en Cancún, México.

“Yo tenía cuadrado, desde antes de salir, un hombre, en México, que le recomendaron muchísimo a mi hermano. Se llamaba Jorge, pero todo el mundo le decía “Don Jorge”. Este señor, se dedicaba a manejar unos autobuses de punta a punta en México, y por 1000 dólares te recogía y te dejaba en la frontera.”

A Don Jorge lo podemos definir de la siguiente forma: un experimentado conductor de autobuses, pero ante todo, un hombre de negocios.

No se necesita tener un basto conocimiento de México, para que las palabras narcotráfico, corrupción y trato de blancas vengan de forma inmediata a nuestra cabeza. Apoyado por intereses de bandas de narcotraficantes, Don Jorge llevaba a extranjeros a cruzar la única frontera donde el pensamiento de todo hombre es libre y no existen límites, más que las barreras de la imaginación: Estados Unidos.

En el camino al otro extremo del país, el autobús se detenía en puntos específicos para realizar entregas coordinadas previamente. 

Sin saberlo, Gisselle pasaría por una ruta que jamás trazó en sus planes.

“Para ese entonces ya llevaba como dos días y pico de viaje, y según lo que yo iba averiguando, ya no faltaba mucho

para llegar a la frontera.”

Era la madrugada cuando el vehículo se detuvo en una parada donde había unos baños y un vendedor ambulante, campesino de la zona, guardando los últimos tamales del día.

Estaban listos para continuar el camino cuando entraron al autobús cinco hombres inesperados para varios pasajeros.

“A ver cabrones, ya saben quienes somos y a qué vinimos; pero lo más importante esa lo qué vienen ustedes. Igualito que se les prometió, aquí van a hacer más dinero que en el “American Dream”. Así que quietitos, que no estamos con ganas de gastar plomo, ni de escuchar gritos…”

Gisselle ni sabía que estaba pasando y tampoco entendía muy bien todo lo que habían dicho, pero una cosa era segura: hay momentos donde guardar silencio, es la mejor respuesta.

“Mira mamá, si yo te digo que sentí terror, pánico, va y me quedo corta. Pero actúe como un robot. Nos bajaron a 10, éramos 6 mujeres y 4 hombres. A todos nos amarraron las manos, nos vendaron, y nos metieron en una de esas camionetas descapotables. Íbamos como ganado, para que tengas una idea.”

Aunque para nuestra protagonista el tiempo fue eterno, dos horas le tomó llegar a su nuevo e inesperado destino.

“Después de bajarnos, nos quitaron las vendas, pero seguíamos amarrados. Eso se veía como un rancho, en medio de la nada. Pero cuando entramos, pasamos por un estacionamiento lleno de carros caros y cuando te digo caros: camionetas de último modelo de esas grandes negras, carros de dos puertas, de todo. De ahí nos pasaron a una sala de estar.”

En ese momento estaban custodiados por 3 hombres armados.

Rápidamente llegaron dos más, mejor vestidos y aún más armados, detrás de ellos, venía su jefe.

Un hombre de baja estatura se aproximó: zapatos puntiagudos, pantalón, un cinto grueso, camisa blanca, reloj prominente, de oro (al igual que en varios de sus dientes) y un sombrero “ranchero”.

La mirada de Gisselle se mantiene fija y estática, recordando cada detalle de este personaje.

“Si tú has visto algún serial o novela mexicana, así se veía este señor. Lo diferente era que en esa casa, bueno en esa mansión, todo olía a limpiecito y a nuevo. El mismo estaba vestido, muy a su estilo, pero impecable. Tú sabes que ¿hasta me acuerdo cómo olía ese hombre? Era un perfume fuerte, de esos que cuando hueles mucho rato te da un dolor de cabeza de madre.”

Nuestra protagonista está segura de que recuerda como unos de los empleados se dirigía a su jefe, pero para su tranquilidad, y la nuestra, le diremos El Capo.

Leer Parte I aquí

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