
El dictador Miguel Díaz-Canel respondió en La Habana con un discurso de confrontación a las declaraciones de Donald Trump sobre una posible acción militar de Estados Unidos contra la cúpula del régimen castrista.
El sucesor de Raúl Castro llamó a la población a que no tema a la guerra, pues lo que está en juego es la soberanía nacional. En tal sentido, dijo que “no habrá rendición”.
El mensaje buscó presentar al régimen como dispuesto a resistir cualquier presión militar o política de Washington, después de que Trump afirmara que Estados Unidos podría tomar el control de Cuba “casi de inmediato” tras concluir sus operaciones vinculadas a Irán. Para ese entonces podrían mover al portaaviones Abraham Lincoln hacia las costas cubanas.
Díaz-Canel calificó al gobierno estadounidense de “fascista” y apeló a la defensa de la soberanía nacional como eje de su intervención. En su discurso, sostuvo que cualquier agresor encontraría resistencia “en cada palmo” del territorio nacional.
La frase siguió una fórmula histórica del castrismo: presentar la presión externa como una amenaza contra todo el país, aunque el cuestionamiento principal de muchos cubanos se dirige hoy contra la cúpula del Partido Comunista y no contra la población civil.
Díaz-Canel no respondió a las carencias que golpean a la población que vive a diario su propia guerra, sino que recurrió a la épica revolucionaria, al sacrificio colectivo y a la promesa de resistencia.
Esa narrativa contrasta con una realidad marcada por apagones, escasez de alimentos, falta de medicinas, deterioro de los servicios públicos y una emigración masiva que ha vaciado hogares en toda la isla.
Acción en Cuba sería similar a Venezuela o Irán
Trump habló de Cuba después de operaciones estadounidenses de alto impacto en Venezuela e Irán. Siempre ha dicho que Cuba sería la siguiente.
El caso venezolano ocupa un lugar central en la lectura de la amenaza. En enero de 2026, Estados Unidos ejecutó una operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su traslado a territorio estadounidense para enfrentar cargos federales.
La acción no fue una invasión convencional contra toda la población, sino como un golpe directo contra el centro del poder chavista y sus estructuras de mando.
Ese antecedente alimenta la percepción de que Cuba podría enfrentar un esquema similar si Washington decide actuar contra el régimen. La comparación no permite afirmar que exista un desenlace definido, pero sí muestra un patrón de presión selectiva: ataques o acciones contra figuras políticas, mandos militares, redes de inteligencia e instituciones clave.
Para muchos cubanos contrarios a Díaz-Canel, una eventual confrontación no debería recaer sobre barrios, familias ni civiles, sino sobre la élite que ha sostenido el sistema durante décadas.
En el caso de Irán, la administración Trump mantiene abierta la opción militar mientras evalúa propuestas diplomáticas. Axios reportó que el presidente estadounidense no descartó nuevos ataques si Teherán “se porta mal”, pese a las negociaciones para reducir las hostilidades.
Con la ayuda de la inteligencia israelí, EEUU ha eliminado con ataques aéreos a buena parte de la cúpula de la teocracia iraní.
Cubanos rechazan que el régimen hable en nombre del pueblo
La reacción de una parte de la población cubana ha sido dura. Varios ciudadanos rechazan que Díaz-Canel invoque al “pueblo” como si todos estuvieran dispuestos a defender al Partido Comunista.
En comentarios recogidos en el contenido, muchos emplazan al gobernante a ponerse él mismo al frente de cualquier combate. Otros recuerdan que los hijos y familiares de los dirigentes no suelen pagar los costos de los sacrificios que exige el poder.
La crítica se concentra en una idea: el régimen llama al pueblo cuando necesita protección, pero lo abandona cuando faltan comida, electricidad, medicinas, transporte y libertades. Para esos cubanos, la guerra cotidiana ya existe.
Es la lucha por sobrevivir entre apagones prolongados, salarios insuficientes, hospitales sin recursos y castigos contra quienes cuestionan al sistema. Esa percepción debilita el llamado oficial a “resistir”, porque millones sienten que llevan años resistiendo no frente a una potencia extranjera, sino frente a un gobierno incapaz de garantizar una vida digna.
También existen voces que rechazan una guerra por razones humanitarias. Muchos cubanos desean un cambio político, elecciones libres y el fin de la dictadura, pero no quieren que ese proceso ocurra con derramamiento de sangre.
Esa posición marca una diferencia importante: criticar a Díaz-Canel no equivale necesariamente a apoyar una intervención militar. Lo que rechazan es que el régimen utilice el miedo a una guerra para perpetuarse en el poder y presentarse como único defensor de la nación.
