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A Ernesto sólo le quedan medallas

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A Ernesto sólo le quedan medallas

Un jubilado militar, como tantos en Cuba, viviendo sólo del recuerdo

 

Ernesto, mi abuelo, guarda sus medallas en la segunda gaveta de la cómoda. Si mal no recuerdo son más de treinta. Cada una en su cajita plástica, adheridas a un trozo de tela rectangular que le da cierto toque de elegancia. Poco a poco fueron llegando al cajón de donde nunca han salido, salvo en las ocasiones que han tenido que acompañar su traje de gala militar.

Apenas era un adolescente cuando entró en las Fuerzas Armadas. Muy pronto vino la primera medalla, y luego otras hasta que se montó en el avión que lo llevó y trajo de Angola, entonces la lista aumentó. Todavía las recuerdo, yo solía agruparlas, clasificarlas por diseño y colores. Al rato me aburría y las devolvía al mismo lugar de siempre, acomodadas a la manera de una personita de cuatro años, pero con mucho respeto, porque ya sabía el significado de todas aunque lo entendiese a mi manera.

El gavetero sigue en pie, desgastado, al igual que la casa que le “dió la Revolución”, intervenidos por el tiempo y la economía, que no perdonan. Pero las medallas permanecen ahí, agrupadas impecablemente, como todo lo que toca la mano disciplinada de alguien que llegó a los 74 con estirpe militar. Mucho ha llovido desde la última vez que una llegó a su pecho, también desde que abandoné la obsesión por verlas. A Ernesto la vida no le ha traído más condecoraciones, y yo a veces me olvido del viejo cajón.

Reparo así en su realidad, y en medio de tanto ajetreo cotidiano busco el momento para hacerle brillar los ojos.

Dibujo en mi cara una expresión de asombro ante las historias que vengo escuchando desde que tengo uso de razón. Ya conozco el orden de los sucesos, los cuentos de Angola, de las unidades que dirigió, las historias vividas con sus “amigotes” militares narradas como epopeyas, muchos de esos “amigotes” quedados en el camino, otros viviendo con ciertos privilegios, y otros, sencillamente, intentando sobrevivir.

Frecuentemente lo encuentro sentado en el portal, viendo el ir y venir de los carros, lidiando con la rutina del jubilado, torturándome con los asuntos de la casa, dejando soltar una frase de angustia o en ocasiones (depende del ánimo) una décima jocosa. Cuando le invade el silencio, yo sé que piensa en sus viejas reliquias, por lo que llegaron a su pecho y donde están ahora: en un corroído cajón.

 

 

 

 

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