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‘La Gran Locura’ de Juan Manuel Cao

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‘La Gran Locura’ de Juan Manuel Cao

Entrevista concedida a Lilo Vilaplana

La Gran Locura de Juan Manuel Cao, entrevista de Lilo Vilaplana

Reveladoras palabras de Juan Manuel Cao a Lilo Vilaplana. (Collage © Cortesía del entrevistado y Periódico Cubano)

El director de cine Lilo Vilaplana conversó con el periodista Juan Manuel Cao sobre su nuevo libro La Gran Locura. En esta entrevista exclusiva, descubrimos los secretos detrás de la obra y la pasión que la inspiró. ¡No te pierdas esta fascinante charla entre dos talentosos creativos!

Lilo Vilaplana: Tu más reciente novela se titula La gran locura. Algunos, al saber que he sido de los primeros en leerla, me han preguntado con sorna si se trata de una autobiografía. ¿Lo es?

Juan Manuel Cao: ¡Por supuesto! Pero no es una biografía personal, sino colectiva. Es la autobiografía de todos: es un dibujo a grandes trazos de la locura que nos ha tocado vivir, tanto dentro como fuera del manicomio.

¿Quieres decir que todos estamos locos?

No. Quiero decir que nos han vuelto locos.

¿Quiénes?

Los que tienen el poder para hacerlo.

¿Qué tipo de poderes?

Los desmedidos, los extravagantes, los sociológicos. También los científicos.

Explícate mejor.

La novela, como anuncia la contraportada, habla de lo que sucede cuando los excesos de la imaginación humana se combinan con las facultades de la ciencia y con el poder político, produciendo un montón de disparates: hemos visto algo de esto con la reciente pandemia.

Pero toda la primera parte del libro pareciera transcurrir en Cuba.

En Cuba o en cualquier otra dictadura más o menos absoluta. ¡Porque es asombroso cuánto se parecen los tiranos! Ellos se consideran especiales, irrepetibles, pero son muy similares y utilizan los mismos trucos. En el fondo son muy simples. Y como suelen ser irracionales, crean trastornos bastante parecidos: igual de descabellados.

¿Es esta, entonces, otra novela sobre el personaje del dictador?

La primera parte, tal vez, pero en realidad, trata más sobre los despropósitos que producen este tipo de poderes, sobre sus desvaríos, los proyectos insensatos que desarrollan y sus efectos, la temeridad con que acometen esos planes delirantes y el universo absurdo en el que obligan a vivir a millones de personas, convirtiendo los países que gobiernan en verdaderos manicomios.

Pero la novela es cómica.

Para quien la lee, no para quien la vive.

¿Y la segunda parte?

El libro se divide en dos grandes capítulos: El manicomio y La fuga. La segunda parte transcurre fuera, en el mundo libre, que también resulta ser bastante loco. Y en algunos aspectos hasta más peligroso.

La novela habla de lo que sucede cuando los excesos de la imaginación humana se combinan con las facultades de la ciencia y con el poder político. ((Foto © Cortesía del entrevistado)

¿Cómo es eso?

Bueno, como las dictaduras que yo describo suelen ser ineficientes, la mayoría de sus proyectos acaban fracasando. Terminan por ser risibles. Pero la libertad es una fuerza transformadora que ha demostrado tener la capacidad de hacer realidad sueños que hasta hace poco eran patrimonio exclusivo de la ciencia ficción.

¿Y eso que tiene de malo?

No lo sé. En realidad, no lo sabemos. Ese es el problema.

¿Cuál es el miedo?

Bueno… déjame explicarlo en un contexto más amplio. Desde que los humanos dominaran el fuego a que inventaran la rueda pasaron casi dos millones de años. De la rueda al automóvil la distancia se acortó a unos cinco mil; y del auto al avión pasaron menos de 10 años. El ser humano viene acelerando el curso evolutivo a un ritmo cada vez más vertiginoso. La evolución ha dejado de ser un proceso natural darwiniano para ser tecnológico. Los avances en la micro o en la biotecnología, la cibernética, o la genética nos colocan a las puertas de un mundo inédito.

¿Por ejemplo?

Hay varios proyectos millonarios en los que se está intentando pasar la información de tu cerebro a un disco duro, guardar en una computadora, en un hard drive todos tus recuerdos, tus emociones, tus visiones, tu inteligencia.

¿Inteligencia artificial?

No. Inteligencia real en un recipiente artificial.

¿Como los cíborgs?

Como los transhumanistas, que además de la libertad de expresión o de asociación, reclaman la libertad morfológica.

¿Qué es eso?

Es, a muy grandes rasgos, un movimiento filosófico y político que proclama la libertad de utilizar los avances científicos para crear seres, entre otras cosas, de diferentes colores: verdes, rojos, anaranjados, o incluso multicolores. Ya hay un laboratorio francés que ha creado un conejo verde fluorescente, que resplandece en la oscuridad.  Técnicamente, se puede hacer lo mismo con el ser humano. Lo interesante es que este nuevo escenario haría obsoletas nuestras actuales querellas raciales.

O las complicaría.

¡Claro!

Insisto en que en tu novela todo esto suena cómico, pero dicho así no lo es tanto. Vas a espantar a los lectores.

Es que además del lado siniestro hay otro flanco que se presta a la chanza. Si le seguimos el hilo al razonamiento transhumanista podríamos reclamar no solo un color creativo para la piel, sino otras formas y texturas. Lo que nos metería en nuevas e inimaginables discusiones.

¡Entonces es verdad que te ha salido una comedia esperpéntica!

Eso escribieron los críticos de la editorial, pero yo no estoy tan seguro de ello porque el esperpento es un género literario en el que el escritor deforma la realidad y la exagera hasta el absurdo, y aquí el 90% de las situaciones absurdas que describo, o algunas que parecen exageraciones, las he transcrito casi literalmente de la realidad. Me gusta más lo que dijeron que esta es “una novela fantástica repleta de hechos increíblemente reales”.

¿Como cuáles?

Como los que ya te mencioné, o todo el universo de las micronaciones, que salvo una que me inventé, las demás, incluidos sus extravagantes líderes, son desconcertantemente reales, lo que cuestiona seriamente el papel de la ONU. O las historias de las gallinas matemáticas y los pollitos socializados, las supervacas, las ranas gigantes, o los ciclones imperialistas, que son locuras vividas por los cubanos. O el dictador cantante, que existe ahora mismo en Turkmenistán; o el matarife centroafricano, que reprodujo la coronación de Napoleón; o el episodio del metaverso, el de las vacunas, o el de los lenguajes inventados. Todo eso es fantásticamente cierto. Incluso las dos escenas sobre la encerrona amorosa que le hace el dictador a Leda, la recreé a partir de dos sucesos que le escuché en primera persona a la poeta nicaragüense Gioconda Belli.

Lilo Vilaplana Plantados. (Periódico Cubano)

El director de la saga política de Plantados, Lilo Vilaplana, hizo en esta ocasión de periodista y desentrañó varios secretos de La Gran Locura de Juan Manuel Cao. (Foto © Periódico Cubano)

Ahora que lo pienso, no me has hablado de los personajes: de Leda, de Aníbal, o del estrafalario Doctor Deyavú.

Es que no son personajes.

¿No? ¿Y qué son entonces?

Son meros testigos… testigos de la gran locura que les ha tocado vivir, en la que malgastan sus vidas. Testigos, además, obligados a tragarse su testimonio. El capítulo sobre el entierro y desentierro del poeta inédito aborda ese dilema. Y otra cosa: aunque opté por un narrador omnisciente, al principio pareciera que el punto de vista es el de Aníbal, pero lo voy diluyendo de tal manera que pudiera ser el de cualquiera, incluso el de una voz superior, una suerte de conciencia global que se permite a ratos sermonear un poco. Intenté contar una historia donde los personajes fueran el paisaje; y el entorno, la verdadera trama.

¡Pero esos personajes… o testigos, como tú les llamas, tienen una vida! Mala o buena, pero una vida.

En realidad no viven, transcurren, y transcurren a retazos: todos esos grandes planes que cambian de un día para otro los vapulean, los anulan, los borran, los suprimen. Sus proyectos personales no importan, son tragados por los faraónicos proyectos del Jefe.

Entonces, el único personaje es el Jefe.

Ese es el menos importante de todos: se cree trascendente y el final de la novela lo coloca en su verdadero lugar.

Sí, es un final sorprendente.

Pero antes de llegar a ese final, voy soltando pistas. Por ejemplo: el episodio en el que Aníbal y el Dr. Deyavú descubren el mundo de las patentes, de los inventos útiles e inútiles, sirve para meditar jocosa, pero seriamente, sobre quiénes deberían ser recordados por la historia y quiénes no.

Pero el Jefe de tu novela hace mucho daño.

¿Debemos medir entonces la importancia de las personalidades por el daño que hacen?

La novela salta de una locura a otra. ¿Estás de acuerdo en que has escrito una trama sin trama?

En parte sí, y en parte no. En realidad, escondidos en esa telaraña de información, hay varios hilos conductores. Pero para poder mantener la sensación de caos hice recaer esa responsabilidad en los protagonistas secundarios.

¿Como cuáles?

Como el marido de Leda y el hijo de Aníbal, cuyo fatal destino termina por unir a personalidades tan dispares; u otros que son obvias caricaturas de peligrosos idiotas: espías, militares y gente aún menor.

Entonces hay una trama.

¡Por supuesto! Lo que pasa es que las novelas, y las películas, nos han hecho creer que la vida tiene un sentido dramático: que toda historia encaja en la fórmula de desarrollo, clima y desenlace. Pero eso no es cierto. La vida es caótica y la mayoría de los conflictos no se resuelven, sobre todo los colectivos. Los conflictos se encadenan y se transforman y nuestra vida suele saltar de un imprevisto a otro.

¡Hay sociedades más ordenadas que otras, hay vidas con más sentido que otras!

Mis personajes viven en un mundo sin pie ni cabeza.

La Gran Locura

La Gran Locura, en palabras de su autor, “es la autobiografía de todos: es un dibujo a grandes trazos de la locura que nos ha tocado vivir, tanto dentro como fuera del manicomio.” (Foto © Cortesía del autor)

¿No me habías dicho que no eran personajes, sino algo así como sombras?

¿Sombras? Pedro Páramo es una sombra. Mis personajes son, digamos, juguetes.

¿Ahora son juguetes?

Sí, juguetes que a mitad del juego se rebelan, como en Toy Story, y escapan.

Fue un escape curioso, en una carroza de carnaval. Esa parte es una de las más divertidas.

Sí, pero escapan de un carnaval y desembarcan en otro.

Eso me dejó pensando: ¿Estás igualando el mundo de la opresión al de la libertad? Relativizando el mal y el bien.

¿El mal y el bien? Mira que si te hago caso voy a llegar a creer que me ha salido una novela filosófica.

Lo es.

¿Tú crees?

De cabo a rabo.

Tendré que releerla.

Por cierto, no hemos hablado del lenguaje, que a mi modo de ver es (me perdonas) lo mejor del libro.

¡No sé si me acabas de hacer un elogio o una crítica!

En serio, es un lenguaje transparente e ingenioso. Aunque los dos últimos párrafos, esos que titulaste El pequeño Big Bang, tienen un aire poético.

Veo que seguimos hablando del final.

Pareciera que te molesta. Fuiste tú el primero que lo mencionó.

Pensándolo bien, la novela no tiene final.

Ah, ¿no?

El final es en realidad otro comienzo.

¡Ahora soy yo el que tendré que releerla!

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