
La historia tiene formas siniestras de burlarse de la humanidad. Lo que para algunas regiones puede parecer insignificante, en otras cobra un significado perturbador. Alemania y Cuba, tan distantes geográficamente, se unen en una coincidencia trágica: en sus tierras nacieron dos hombres marcados por la ambición de poder y el desprecio por la libertad, dos figuras consumidas por el abuso.
Cada 20 de abril, el mundo recuerda con horror el nacimiento de Adolf Hitler, el hombre que desató la Segunda Guerra Mundial y encabezó el Holocausto, uno de los capítulos más oscuros de la civilización moderna. Pero hay otra coincidencia que, aunque pase desapercibida para muchos, adquiere un matiz escalofriante cuando se observa desde el prisma del sufrimiento humano: el actual dictador cubano, Miguel Díaz-Canel, también nació un 20 de abril.
El presidente designado de Cuba, no ha construido cámaras de gas ni ha invadido países con tanques. Pero en su versión caribeña del autoritarismo, ha dirigido, con la misma frialdad y desprecio por la vida, una dictadura que reprime, silencia y empobrece a su pueblo.
Díaz-Canel es el heredero gris y obediente de la maquinaria castrista que ha destruido a Cuba desde 1959. A más de seis décadas de la llamada “revolución”, de Fidel Castro, el país es un cementerio de sueños, donde la juventud emigra en masa y el que disiente va a prisión, al exilio o a la tumba.
Resulta simbólico, casi cínico, que quien hoy encabeza esta tragedia nacional comparta fecha de nacimiento con el mayor genocida del siglo XX. La historia no los iguala en cifras, pero sí los une en esencia: el poder como instrumento de control absoluto, la propaganda como herramienta de manipulación, y la represión como castigo a quien osa pensar diferente.
Hitler transformó Alemania en un campo de muerte; Díaz-Canel ha convertido a Cuba en un campo de supervivencia, siendo continuidad de los que se apoderaron por la fuerza de la Isla en 1959. Donde antes se hablaba de progreso, hoy se habla de hambre, apagones, persecución y desesperanza. La miseria, en este caso, no es un accidente: es una estrategia del poder.
No es casual que un régimen como el cubano, sostenido por el miedo y el aparato militar, necesite figuras obedientes como Díaz-Canel. No fue elegido por el pueblo, sino designado por la cúpula como un monigote confiable, incapaz de liderazgo propio, pero útil para mantener la opresión.
Un mentiroso patológico es el hombre que hoy está cumpliendo 65 años de edad, una persona que ha sido capaz de mentir inescrupulosamente, de burlarse de los cubanos e incluso de hacer combatir al pueblo contra el pueblo, porque dio la orden de combate para masacrar a los que gritaban por libertad el 11 de julio de 2021.
Hoy seguro que en la casa del dictador cubano, no faltará la luz, ni habrá escasez de comida, hoy se disfruta de un buen vino que llega proveniente del sudor y el sufrimiento de millones de cubanos.
Este 20 de abril, mientras el mundo recuerda el nacimiento de un monstruo europeo, los cubanos deben cargar también con el peso simbólico de un tirano local. Y aunque la historia no se repite exactamente, a veces rima con un eco perturbador. El 20 de abril nos recuerda que el autoritarismo no tiene una sola cara, pero sí un mismo resultado: dolor, silencio y muerte.
Más allá de los años, de las fechas, o de lo que le quede por dirigir a Miguel Díaz-Canel, más que su nombre, quedará grabada la vergüenza de no haber sido capaz de sacar a los cubanos del abismo en que los metió Fidel y Raúl Castro.

