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Crónica de la llegada

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Crónica de la llegada

“Tengo grabada en la memoria la mirada de esos oficiales sin honor que ha creado la revolución cubana. A veces quiero creer que ni ellos mismos entienden a quién han elegido servir”

María de Lourdes Marino Fernández.
(FACEBOOK)

Llego a la 1:30 pm al aeropuerto de La Habana. En la puerta del avión esperan auxiliares de vuelo que por alguna propina te ayudan con el equipaje. Como viajo sola con mi hijo de tres meses y medio les acepto la “ayuda”. Marisela y sus amigas me guían para encontrar la puerta de salida, el elevador, y me sitúan al principio de la cola de Aduana que atiende con prioridad a niños y a personas con discapacidad. Cuando entrego mi pasaporte a la oficial, sucede lo de siempre. Ella y más tarde sus colegas me miran, bajan la vista y me piden que vuelva a la cola. No me dan ninguna explicación, aunque yo no me canse de preguntarles qué pasa. Me piden que me haga a un lado y me siente, pero me quedo de pie en medio del salón ahora vacío.

Veo cómo se llaman unos a otros a mirar mi pasaporte, o quizás a mirar la información que aparece cuando lo escanean. Ninguno de ellos puede decidir cuál es la medida que deben aplicar. Una muchacha delgada va de puerta en puerta, atravesando el salón otra vez lleno, con un bulto de pasaportes en la mano, entre ellos el mío. Le pregunto qué sucede. Me mira, baja la vista y sigue su camino. Mateo, mi hijo, comienza a estar intranquilo. Estamos de viaje desde las cinco de la mañana.

Al cabo de hora y media baja corriendo un hombre vestido de verde claro y le grita a la oficial de Aduana que por qué no había llamado antes, que hay “tremendo problemón con esa mujer”. Mi hijo y yo somos los únicos pasajeros en el salón en este momento. Cuando el hombre se va, me acerco a la oficial y le pregunto: “¿soy yo la mujer del problemón?” Ella baja la vista.

Entretanto Marisel y sus amigas han vuelto más de una vez para decirme que ya me tienen el equipaje recogido. Me preguntan con insistencia qué sucede, que cómo es posible que con un niño de brazos se demoren tanto. Yo les explico que nunca me dan explicación pero que esto pasa cada vez que entro a Cuba, y la razón es muy simple: estoy en contra del Gobierno y lo digo dentro y fuera del país. Ellas me miran asombradas, creo que sin entender del todo. Les doy su “regalito” y les pido que salgan para avisar a mis padres de que estamos bien.

Cerca de las tres de la tarde llega un oficial del Ministerio del Interior y da la orden de dejarnos pasar. Pregunto una vez más qué sucede y uno de esos jóvenes sin uniforme que se pasean con bultos de pasaporte por todo el salón responde que estoy “circulada”.

Del otro lado me recibe una mujer de uniforme que me acompaña a buscar mi equipaje para hacer revisión e interrogatorio. Es muy joven, extremadamente delgada, con tinte negro y queratina. Me pregunta si yo sé por qué me están revisando y le digo que sí. Me interrogan, le digo, porque no estoy de acuerdo con este sistema y lo digo dentro y fuera de Cuba. Ella baja la vista.

Me dirigen a la sala de revisión y decomiso. He estado ahí más de una vez. Mientras abren mis maletas, llenas de pañales y ropa de bebe, me preguntan “al descuido” por mis ideas políticas. En las mesas a mi derecha e izquierda dos señoras ruegan entre lágrimas a los oficiales de Aduana que no decomisen su equipaje. Nadie les responde, otras muchachas delgadísimas con tinte negro y queratina cuentan minuciosamente chancletas, ajustadores, cadenas y pullovers.

En el caso de mi revisión, buscan información, libros, propaganda. Todo lo que encuentran en mi equipaje que les parece sospechoso lo apartan. Traigo impreso el libro de Coco Fusco sobre performance político en Cuba Dangerous Moves, sin dudas es lo que más les llama la atención. Lo he impreso en dos partes y está abierto justamente en la foto donde el grupo Porno para Ricardo pasa el periódico Granma por una máquina de moler, una imagen hilarante seguida del perfil del grupo sobre el logo de la UJC. Los oficiales que me hacen el registro se llaman unos a otros con asombro y, la verdad, creo ver incluso alguna sombra de risita socarrona.

Yo los miro y me pregunto quiénes son estos hombres que realizan un registro y decomisan con absoluta indiferencia. Apenas te miran a los ojos, pero no hay señal de vergüenza. Abren mis maletas y hurgan entre mis cosas sin el menor respeto. Se gritan unos a otros preguntando por la merienda en medio de un salón donde hay mujeres que lloran al ver cómo les quitan su equipaje.

Terminan el registro a las seis de la tarde y entonces podemos salir y encontrar a mi familia, ya desesperada. Me han quitado cuatro libros de arte. El de Coco Fusco y otros de arte contemporáneo internacional. También una colección de video experimental. Me pregunto a qué oscuro salón irá a parar todo. Tengo grabada en la memoria la mirada de esos oficiales sin honor que ha creado la revolución cubana. A veces quiero creer que ni ellos mismos entienden a quién han elegido servir.

No hace una semana que llegué a Cuba y ya recibí una citación para una “entrevista” en las oficinas del Carnet de Identidad. Me imagino que otros oficiales sin honor tratarán de intimidarme por el hecho de volver y atreverme a pensar diferente. Sin embargo, como le decía a algunos amigos, para mí aún tiene sentido espiritual y político regresar. Creo que por cada cubano que reivindica su derecho a pensar distinto dentro o fuera de Cuba hay un pedazo de patria que se libera. Es en esos pequeños espacios de liberación donde la Cuba del futuro es todavía posible.

 

TOMADO de Diario de Cuba/ María de Lourdes Marino Fernández

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