
Ni en la vida ni en la naturaleza existe la igualdad absoluta. La que proclama el socialismo, lejos de traer justicia y equidad, genera un abismo de desigualdades que lo hacen inviable.
En los lugares donde el socialismo ha echado raíces, el panorama es desolador: una tierra árida y estéril. La tan cacareada “dictadura del proletariado” se convierte rápidamente en el gobierno de líderes mezquinos, torpes y revestidos de un barniz de talento barato que los hace creerse portentos en todas las ramas del conocimiento.
En Corea del Norte, Kim Il Sung llegó a atribuirse la autoría de 1.500 libros y se autoproclamó un dios digno de veneración. En Cuba, el “talento” inalcanzable del caudillo Fidel Castro lo llevó a opinar sobre todo, arrastrándolo todo a la ruina. Un rey Midas a la inversa: todo lo que tocaba se convertía en polvo.
La desigualdad y la competencia natural del mercado es vital para el desarrollo económico. Cuando la igualdad se transforma en igualitarismo, solo logra empobrecer a quienes realmente producen, mientras encumbra y enriquece a los jerarcas del partido. Una paradoja grotesca.
Cuba es el ejemplo perfecto de lo que realmente es el fracaso del socialismo. Antes de su llegada, éramos una economía fuerte y próspera, con relevancia mundial. Hoy, la economía es un naufragio en caída libre, donde nada funciona. La propaganda oficial produce discursos y consignas, pero la tierra no produce nada. La prensa canta victorias inexistentes, mientras el pueblo busca alimento en los basureros.
La culpa, dicen, es de Estados Unidos y su “bloqueo criminal”. Sin embargo, irónicamente, la comida que llega a la isla proviene, en gran parte, de ese mismo país que supuestamente nos quiere matar de hambre. Y, aun así, algunos siguen creyendo el relato oficial. ¡Idiotas sí, existen! Ahí la prueba.
El socialismo es como un polvorín: tan pronto llega, todo comienza a explotar, todo empieza a desaparecer. Un ejemplo elocuente: fuimos la azucarera del mundo y hoy tenemos que importar azúcar. Ayer exportábamos productos agrícolas a más de 40 países, hoy importamos el 80 % de lo que consumimos. La tierra ha dejado de producir en señal de protesta, el campesino le ha dado la espalda al sistema. Desde el PCC podrán seguir cantando victorias, pero la realidad es que Cuba hoy se muere de hambre.
Este sistema ha provocado la ruina de la moneda nacional, al punto de que cuesta más producir un peso —en papel, tinta e impresión— que su valor real. Y es justamente con ese pedazo de papel con el que se paga al trabajador cubano. Un análisis al desnudo: un médico gana unos 6,000 pesos mensuales, al cambio, unos 17 dólares… mientras los jubilados apenas alcanzan los 7 dólares. Son casi trabajadores en semiesclavitud, pero mucho peor alimentados que estos.
Esta realidad obliga a una represión sistemática como única lógica de un régimen que no cuenta con apoyo popular.
Eso sí, existen quintas columnas aferradas por intereses varios, postradas a los pies del poder: los oportunistas, los que forman parte de las mafias asociadas al régimen, los ignorantes llenos de terror y aquellos que reciben dólares del “imperio”, enquistados en el sistema mientras acarician los billetes verdes que marcan la diferencia entre la vida y la indigencia. Todos, sin excepción, forman parte del sostén de la miseria, el hambre y la represión.

